KAZANTZAKIS MALACITANO

Las visitas a Málaga, aunque hayan tenido lugar durante un cortísimo espacio de tiempo (menos de veinticuatro horas en las dos ocasiones en las que he ido desde 2014), se están convirtiendo en una magnífica costumbre que espero no se pierda. En esta ocasión me trasladé allí para la tercera presentación de mi traducción de la primera novela de Nikos Kazantzakis, Σπασμένες ψυχές (Almas rotas, Ginger Ape Books&Films, 2016).

La singladura comenzó en la isla de La Palma, donde he estado trabajando desde septiembre del año pasado. Una vez en Tenerife, desde el aeropuerto con nombre de reina greco-española partió el vuelo con destino a Málaga. Hacía un par de años que no viajaba a la península. Durante el trayecto, cosa que se repitió una vez llegado a Málaga, esas demostraciones de masculinidades incomprensibles: un muchacho vestido de pollo y otros alrededor de él, con las expectativas de fiestas y conquistas venideras.

La repetición de esa congregación para la doctrina de las masculinidades no aprehensibles por mi mente tuvo lugar en el autobús (ya no me hallaba en un territorio donde la palabra «guagua» se da por supuesta). Un grupo de muchachos franceses que rodeaban a otro vestido con una mezcla de soldado ruso y surfero con neopreno (la memoria algo me falla en este punto, comprensible también por cuanto que el autobús estaba a reventar y sólo podía ver torsos).

Llegué a la parada de autobuses que está al pie de las murallas antiguas. Tras unos minutos de desconcierto, un señor muy amable, atildado, con un paquete de dulces en la mano, me indicó elegantemente el camino hacia la Plaza de la Merced, cerca de la cual estaban tanto la sede del Centro Andaluz de las Letras, donde iba a tener lugar la presentación como el hotel donde me iba a alojar durante apenas unas horas. En el trayecto hacia el hotel, antes de atravesar el túnel que atraviesa la elevación de terreno donde se encuentran las murallas, me crucé con Josema Yuste, de Martes y Trece (buen augurio).

Una vez en la habitación, me puse en contacto con Vicente Fernández González. Para los que no lo conozcáis, Vicente es director del Máster de Traducción de la Universidad de Málaga, traductor del griego moderno. Ha ganado dos veces el Premio Nacional de Traducción (por sus traducciones Seis noches en la Acrópolis, de Yorgos Seferis, y Verbos para la rosa, de Zanasis Jatsópulos).

La comida, la comida: no se puede venir a Málaga y no hablar de comida. Todavía me acuerdo del restaurante libanés al que fuimos en 2014 Selma Ancira, Juan Manuel Macías, Juan José Tejero, Vicente y yo, cuando nos reunimos para un encuentro de traductores de poesía griega, «Buenos tiempos para la lírica». Me informó Vicente que el restaurante, que estaba en la Plaza de la Merced, había cerrado sus puertas. Una pena, la comida era una delicia.

Vicente me llevó a un lugar de «pescaíto frito». Yo, que soy carnívoro irredento, decidí aceptar porque hay que probar sitios distintos, hay que salir de la zona de confort cárneo de vez en cuando. Fuimos a una tasca que se encontraba en la entrada a una de esas calles estrechísimas del centro de Málaga, de esas en las que puedes casi tocar las paredes de los edificios que la conforman. Siempre que me meto por una de estas calles me acuerdo de la calle Las Palmas, al pie del castillo, en Jaén, donde nació mi madre.

Comimos opíparamente: bolos (parecidos a las ostras u ostiones), pescadillas (cuya presentación en círculo confirmaba el dicho), ensalada de pimientos fritos, sardinas asadas, langostinos también asados (con cristales de sal gorda por lo alto). La conversación con Vicente, como siempre, chispeante. Me habló de un barrio de Atenas, ciudad en la que viví desde 1999 hasta 2001, del que yo no había siquiera escuchado hablar, llamado Mets (ni siquiera el nombre me sonaba). También hablamos de Kostas E. Tsirópulos (1930-2017), poeta, traductor, ensayista, editor, hispanista. Espero que en poco tiempo pueda hablar de un proyecto relacionado con su obra.

Una vez concluida la comida, nos dirigimos al CAL para asistir a la primera de las tres actividades programadas del VIII Encuentro Profesional de Edición y Traducción (organizado por ACE Traductores, la Universidad de Málaga y el Centro Andaluz de las Letras) del que el Máster de Traducción de la Universidad de Málaga es organizador. Un nutrido grupo de estudiantes del máster se dio cita como público.

La primera actividad fue una charla de los dos traductores de la novela La constelación del perro (Blackie Books, 2014), de Peter Heller, que optó a un importante premio de traducción, el Esther Benítez (fue una de las cinco finalistas). Blanca Rodríguez y Marc Jiménez Buzzi dieron una charla de lo más interesante sobre diversos aspectos de su traducción, con ejemplos textuales que otorgaban una dimensión poco común a una charla relacionada con un libro, por cuanto que no se suele hablar de estos aspectos en las presentaciones. Los asistentes pudimos enterarnos de las diversas dificultades a las que se tuvieron que enfrentar (explicadas amena y detalladamente), que no fueron pocas, y cotejar fragmentos del original y de la traducción. Tuvimos además la oportunidad de escuchar a Heller leer fragmentos de su libro en el original inglés.

El siguiente acto fue una mesa redonda que aunaba en la tarima a tres editores: Jacobo Gómez (Miguel Gómez Ediciones), Daniel Álvarez Prendes (Hoja de Lata Editorial) y Antonio Ruiz (Ginger Ape Books&Films), moderada por la traductora Silvia Moreno Parrado. Poco antes de comenzar, tuve el placer de conocer por fin al editor de mi Kazantzakis, Antonio Ruiz, al que por fin pude tutear después de estar tratándole de usted durante varios años por correo electrónico. Es curioso, no sé si se trata de un reflejo de mi trato con escritores griegos (a quienes trato de usted incluso siendo de mi edad o más jóvenes), pero soy incapaz, la mayoría de las veces, de tutear a alguien por correo electrónico si no me da permiso para hacerlo. Los editores hablaron de las dificultades de su oficio, de los comienzos y de sus diversos proyectos. Luego hubo unos animados corrillos con las estudiantes del máster, que pudieron informarse del modo en que se puede hacer llegar proyectos de traducción a los editores.

Y por fin llegamos a la presentación de mi Kazantzakis. Sí, mío, la intimidad entre el cretense y yo llegó a unos límites insospechados, físicos. Los neologismos tienen la culpa, consumieron una cantidad de energía indecente. Pero llegaremos a eso en un ratito. Antes, Vicente me dio una sorpresa agradabilísima. El 25 de abril había publicado un texto en mi blog intitulado «Por qué traduje a James Joyce», que había escrito unos días antes. Vicente, al comienzo de su intervención, leyó algunos fragmentos del texto, recuerdos de mi adolescencia estival en Dublín y cómo dicho período de mi vida condujo, o no, quién sabe, a mi traducción Escritos breves (Ediciones Escalera, 2012), tres textos en prosa del escritor irlandés. Tras pasar treinta años en el recuerdo, la escucha de un poema de Stephen James Smith, «My Ireland» (que conocí gracias al poeta griego Yannis Dukas), durante una tarde en el instituto donde trabajaba (durante mucho rato al borde de las lágrimas mientras iba desgranando todos esos recuerdos que me condujeron, o no, a Joyce), desencadenó ese texto; al comienzo de mi presentación, comenté que quizá pasen otros quince años (hace quince que no voy a Grecia) antes de que sea capaz de escribir algo parecido sobre mi relación con la literatura griega moderna. Pero esa es otra historia.

Siempre que hablo de Kazantzakis y la fortuna de su obra en nuestro idioma me gusta mencionar el hecho de que hace muy poco tiempo que su obra se está traduciendo directamente del griego moderno. Y también me gusta mencionar a los colegas traductores que se han ocupado de ello. Hasta hace diez años, la obra de Kazantzakis había sido traducida, en España, a partir de traducciones francesas (con contadas excepciones). En Latinoamérica está el predecesor de todos nosotros, el helenista chileno Miguel Castillo Didier, que tradujo (entre otras muchas) una de las obras más importantes del cretense, La Odisea (su continuación del poema homérico, estructurada en 33.333 versos de diecisiete sílabas).

Afortunadamente, eso ha cambiado y ya disponemos de rigurosas traducciones directas del griego (Zorba el griego: vida y andanzas de Alexis Zorba, de Selma Ancira; Lirio y serpiente, de Pedro Olalla; El capitán Mijalis, La última tentación e Informe al Greco, de Carmen Vilela Gallego). La predecesora en nuestro país de todas estas traducciones es España y ¡Viva la Muerte!, de la escritora mexicana Guadalupe Flores Liera. Se trata de uno de sus libros de viajes, en esta ocasión a España durante la Guerra Civil. En Argentina se publicó en 2014 una traducción directa del griego, hecha por Marta Silvia Dios Sanz, de una de sus novelas, El pobre de Asís.

La cronología que escribió el traductor Peter Bien (que ha vertido al inglés libros del cretense) me sirvió para dar a conocer aspectos de la azarosa vida de Kazantzakis: su complicada infancia en Creta (cuando nació, en 1883, los turcos todavía dominaban la isla), sus estudios, su compleja relación con la lengua griega, sus estudios en París (fuente de Almas rotas), su pasión por la poesía y el teatro, sus bandazos políticos e ideológicos, sus viajes, sus penalidades durante varias guerras, sus comienzos tardíos en la narrativa (pasaron 38 años entre su primera novela, Almas rotas, y la segunda, Zorba), sus problemas con las autoridades políticas y religiosas griegas, el ingreso de varios de sus libros en el ínclito Index, las peripecias del Nobel no obtenido, el exilio final (once años) y la última peripecia, el entierro clandestino (un sacerdote del ejército griego, aprovechando un toque de queda, lo enterró de manera clandestina, lo cual le supuso unos meses de arresto).

Los neologismos: como he comentado en otras ocasiones, tanto Antonio Ruiz, el editor, como yo llegamos a la conclusión (creo recordar que él, antes que yo, lo verbalizó, aunque se me había pasado por la cabeza) de que era esencial que presentara como anexo un catálogo de neologismos. La necesidad resultó en once páginas de neologismos con las dos palabras que conforman cada uno de ellos, en orden alfabético. El catálogo viene precedido de un breve texto introductorio en el que explico de dónde proviene dicha necesidad: un ensayo del poeta y traductor Bel Atreides en el que mencionaba los neologismos de Agustín García Calvo que reprodujeron los epítetos homéricos en su traducción de la Ilíada, un trujamán que escribí sobre el tratamiento que da Kimon Friar a los neologismos en su traducción al inglés del poema épico kazantzakiano Η Οδύσσεια.

Como no hubo espacio para incluir la referencia en uno de los anexos del libro, me pareció esencial mencionar en mi presentación la génesis del neologismo «Sinsajo», obra de la traductora Pilar Ramírez Tello, como paradigma de la habilidad para introducir en lo inconsciente colectivo una palabra sobre cuyo origen casi ningún lector de Los juegos del hambre, me temo, habrá pensado (ojalá me equivoque, porque el proceso de creación del neologismo es bellísimo y sería una pena que se lo perdiesen).

Hablando de anexos, el otro de mi cosecha fue un fragmento de la Historia de la literatura rusa de Kazantzakis, obra que publicó en 1930, en dos tomos. El motivo de la inclusión fue, más que la evidente conexión entre el título de la novela de Kazantzakis, Almas rotas, y Las almas muertas (la traducción más reciente es de Marta Rebón), de Nikolái Gógol, la similitud entre algunos aspectos de la vida de Gógol y uno de los personajes de la novela de Kazantzakis. El fragmento traducido trata de los últimos años de la vida del escritor ruso.

Otro aspecto que mencioné en la presentación fue el de las conversaciones con Ioanna Viskitsí-Vent (profesora de la Universidad de Atenas, que ha escrito extensiva y exhaustivamente sobre la obra del cretense), Yannis Livadás (poeta, ensayista, traductor) y Yannis Yfantís (poeta) sobre el vocabulario cretense que utilizó Kazantzakis en su novela. Conversaciones en griego, por Facebook, de lo más fructíferas.

Acabé la presentación casi sin voz, debido a un «pasmazo» importante. Una de las personas a la que siempre me alegro mucho de ver cuando voy a Málaga es Ioanna Nicolaidou, traductora y profesora de la Universidad de Málaga. Editó, por mencionar uno de sus trabajos, la trilogía novelística Ciudades a la deriva (Cátedra Universal), del escritor griego Stratís Tsircas (1911-1980). Nicolaidou (que además escribió la introducción), Vicente Fernández González, María López Villalba y Leandro García Ramírez la tradujeron a ocho manos. Además, es editora del volumen Traducir al otro, traducir a Grecia (Miguel Gómez Editores, 2000). Pues bien, Ioanna hizo varios comentarios sobre la presentación, sobre su experiencia como lectora de Kazantzakis y me hizo una pregunta muy pertinente: «¿Crees que tu experiencia como traductor de poesía te pudo venir bien para esta primera traducción novelística tuya, teniendo en cuenta el contenido lírico de la novela de Kazantzakis?». Creo que ese contenido lírico fue un regalo para mí como traductor, como lo es toda la prosa de Kazantzakis que, como he expresado en otras ocasiones, me otorga una felicidad suprema. Puede que esta experiencia con la traducción de poesía me haya preparado para esta primera novela traducida, aunque la casualidad ha querido que este contenido lírico esté en esta primera traducción novelística.

Acabada la presentación, otra vez la comida hizo su irrupción. Nos fuimos de tapas a un restaurante italiano (dos conceptos que hasta ahora no había asociado). Allí, comida y conversaciones deliciosas. Especialmente recuerdo el interés con el que escuché a Marc Jiménez Buzzi hablándome de literatura catalana, de Galdós y de Umbral y las conversaciones con algunos de los compañeros traductores (Silvia Moreno, Juan Pascual) y de los estudiantes del máster.

Me retiré temprano, porque tenía que coger el vuelo de las seis de la mañana del día siguiente, sábado 6 de mayo, día de mi cuadragésimo quinto cumpleaños, sin haber pasado, como en la otra ocasión, siquiera veinte horas en la ciudad de Málaga.

 

 

POR QUÉ TRADUJE A JAMES JOYCE

En el fondo, creo que traduje a Joyce porque estuve cinco veces, durante mi adolescencia (en julio), en Dublín, en el barrio de Rathfarnham, con la familia Brennan (sí, los propietarios de la fábrica de pan, que no me quisieron al año siguiente porque les rompí un televisor con el agua que se filtró desde el piso superior) y la familia Fitzgerald, Mary y sus cinco hijos (mi madre irlandesa, amabilísima, siempre pendiente de sus hijos, yo incluido; su hija mayor se llamaba Monita, sus hermanos sabían el significado del nombre en español y se reían de ella, pero siempre me pareció un nombre precioso), con el padre siempre ausente; porque anduvimos buscando la casa de los componentes de U2 y al final encontramos la del grandísimo ciclista Stephen Roche; porque allí vi cómo ganaron Pedro Delgado y Miguel Indurain sus primeros Tours de Francia; porque fuimos a un festival donde se rumoreaba que aparecería U2 o Sinéad O’Connor y al final cantaron los grandes, grandísimos, más grandes que los anteriores, The Dubliners; porque allí descubrí a los Hothouse Flowers (y los preciosos nombres irlandeses de algunos de sus componentes: Liam Ó Maonlaí y Fiachna Ó Braonáin); porque fuimos al RDS a ver a The Cure con todos los punkies de Irlanda metidos allí dentro (o esa fue la impresión de un adolescente tinerfeño de diecisiete años), pero con espacio suficiente para ver hasta los pelos de la nariz de Robert Smith (la gloriosa gira del disco «Disintegration», que todavía conservo); porque íbamos a Dundrum a jugar a los bolos y a comprar discos (todavía conservo el «1987», de Whitesnake); porque a todos los chicos nos pedían nuestros progenitores que les llevásemos salmón ahumado, porque en Tenerife no había; porque fuimos a Glendalough y hasta los mosquitos eran maravillosos y ahora me doy cuenta de que «lough», o «loch», es irlandés y que íbamos a un lago sin saberlo; porque lo único que aprendí a decir en irlandés fue «tá grá agam duit»; porque recuerdo el sándwich del «lunch» y las pequeñas pizzas congeladas (que adoraba) y el hambre que pasaba hasta que llegaba la cena de las 18.00 horas; porque en la tienda Virgin, algo extraterrestre para un adolescente de Tenerife en 1987, compré dos vídeos de Iron Maiden («Live after Death») y de AC/DC («Let there be rock»), mis dos primeros amores musicales; porque recorrimos el Phoenix Park sin rumbo; porque descubrí el McDonald’s y el Kentucky Fried Chicken (y me siguen gustando, soy un hereje gastronómico); porque fuimos a un jardín japonés y me senté sobre una roca que junto a otras formaban un pequeño sendero sobre un arroyo, en la posición de loto (con mi pelo largo y mis ojos alucinados, seguramente por algún efecto fotográfico involuntario); porque todavía odio «Lady in Red», de Chris de Burgh, bailes lentos de frustración adolescente; porque bebí pintas de cerveza negra con manises dentro (creo que la costumbre era meter uno, pero yo los metía a puñados, me encantan); porque pasé por el Trinity College y nunca entré (sí, qué pasa, en vez del Book of Kells me interesaba el baloncesto, qué le voy a hacer); porque me compraba cada año una dormilona negra como la que llevaba Bono en el disco The Joshua Tree, porque me empecé a dejar el pelo largo por Bono; porque quería comprarme una mandolina y aprender a tocarla; porque recuerdo la parada de guaguas de St Stephen’s Green; porque recuerdo que a un amigo le compraron una entrada para un concierto de U2, de la gira de The Joshua Tree, y los demás nos preguntábamos por qué a nosotros no; porque nos citábamos para el seis de julio del año siguiente con un amigo de Valencia en una cancha de baloncesto en la que pasábamos horas; porque jugábamos a baloncesto contra otros colegios españoles en Dublín como si nos fuera la vida en ello; porque un amigo, Gonzalo, me dijo una vez: «eres muy buena persona, pero cuando juegas a baloncesto te conviertes en un cabrón»; porque en las fiestas de los miércoles bailábamos hasta que, cuando cortaban la música, nos reuníamos los canarios en corro para cantar: «Me gusta la bandera, me gusta la bandera, oh, mamá, bandera tricolor, con siete estrellas verdes, con siete estrellas verdes, oh, mamá bandera tricolor», y yo me ponía a bailar en medio de todos; porque hicimos amigos irlandeses, James, Eamon, Connor, con los que conocimos aspectos de la Irlanda real; porque nuestro amigo James tuvo que hacerse el borracho en un campo de hierba, cuando estaba con nosotros, porque vinieron a hablarnos unos muchachos que estaban buscándole para pegarle; porque nuestros amigos irlandeses bebían y fumaban como cosacos y luego tenían un fondo físico envidiable cuando jugaban al fútbol con nosotros; porque tuvimos una profesora adorable que tocaba el arpa para nosotros y con la que no siempre fuimos buenos; porque uno de los profesores, jugador de hurling, nos pidió elegir una canción para que nos aprendiéramos la letra en clase y yo elegí «The Sweetest Thing», de U2, y me dijo que era una canción afeminada (que sigo adorando); porque había hierba por todas partes, porque cada vez que voy a la Biblioteca de Guajara de la ULL me huele a Irlanda, y en esa biblioteca descubrí Poems and Shorter Writings, de James Joyce (Shorter Writings se convirtió en Escritos breves, sin un segundo término de comparación, ya me habría gustado traducir también los poemas); porque unos amigos se fueron a las Aran Islands y me dejaron tirado; porque cogíamos la guagua 48A, porque un cobrador iba sitio por sitio para que pagáramos; porque años más tarde le pedí a mis padres que me compraran Ulises, de James Joyce, traducido por José Salas Subirats y porque, después de ochenta páginas de absoluta incomprensión, tuve que dejar de leerla y buscar una cura de comprensión en Rabindranath Tagore (no recuerdo el traductor); porque en 2005 leí, durante muchos meses (con una interrupción de tres días para leer El código Da Vinci, porque no se puede hablar de un libro sin leerlo, tras los cuales pude decir que era y es una bazofia), Ulysses, libro cuya lectura terminé en 2005, el día que concluyó una enorme tormenta que pasó por Tenerife. Y es por eso, creo yo, entre otras cosas y sin dar más importancia a unas que a otras (y sobre todas ellas el sacrificio que hicieron mis padres para que pudiese ir), por lo que traduje Escritos breves, de James Joyce.

WENCESLAO MALDONADO SOBRE TRADUCCIÓN

(1) ¿Qué importancia tuvieron, en su formación como escritor, las traducciones de obras de otras lenguas y ámbitos culturales?

Escribo en forma permanente desde los catorce años, cuando cursaba el segundo año de la escuela media en el seminario menor de los salesianos de Buenos Aires, tiempo en que comencé mis estudios de latín y griego. Estas lenguas y sus respectivas literaturas han sido la influencia más determinante en mi formación como escritor, sin duda, mayor aún que la literatura en lengua española en general, y más específicamente la literatura de mi país Argentina.

Creo que es fácil rastrear estas huellas grecolatinas a lo largo de mis publicaciones, comenzando por Dioses del deseo antiguo (1994) en donde cito explícitamente a Ovidio y digo inspirarme plásticamente en Sandro Botticelli, ya que viví y estudié en Italia y pasé un tiempo en Florencia, admirando su obra en la Galería de los Oficios. Tal vez la obra que refleje mejor mi reformulación de los mitos sea Si cortarle la cabeza a la Gorgona (1997), cuya versión inglesa, trabajo de Donny Smith, se presentara en Massachusetts (2005) y Buenos Aires (2012). La Proctomaquia o El cantar de los culos. Poema épico-paródico de Aristón de Mitilene (Versión y notas de Horacio Argüello) (2008) es una de mis obras más difundidas en los últimos tiempos, un falso texto alejandrino que intenta crítica con humor. No hace mucho apareció mi novela Las Vigilias de Príapo (2012), esfuerzo imaginativo por continuar la historia trunca del Satyricón de Petronio. Algunas otras obras, en esta línea del mundo greco-latino, tuvieron una publicación fragmentaria como El mar y la hoguera (2011) sobre el llanto de Aquiles por Patroclo, y Mi reino será el mar (2012) en tres partes dedicadas a Poseidón, el Minotauro y Hades respectivamente.

Pero además, mi vida y mis estudios en Italia, desde 1962, me llevaron a tomar contacto con escritores de la época, que tuvieron un impacto decisivo en mi manera, sobre todo, de ver el mundo contemporáneo en cuanto a narrativa, periodismo y crítica cultural, y es el caso de Pasolini en primer término, con otros como Carlo Cassola, que estaba de moda en esos tiempos, y muy especialmente también, Ítalo Svevo y, por su capacidad de reunir sentido crítico y cultura popular, Ítalo Calvino. Como mis primeros años italianos fueron en Turín, en donde había todavía un recuerdo del final trágico de Pavese, a los veintidós años me sumergí en su mundo poético y narrativo, y creo que fue el arranque de mi escritura sistemática, con la idea de que lo mío era la literatura y debía reflejar mi vida con sus alternativas. Iba a ser escritor.

Mi traslado a Roma en 1965, significó, sobre todo, mi contacto con los grandes herméticos, Ungaretti, Quasimodo y Montale, y un giro decisivo para lo que yo podía entender como poesía. Tuve la suerte de conocer personalmente a Ungaretti a fines de 1965; el hecho, de por sí insignificante, ya que había una gran avalancha de gente que no me permitió acercarme a darle la mano, para mí fue algo así como una hipnosis poética. De hecho, el autor que más cito en mis libros de poemas es, precisamente Ungaretti, que me dio la idea de un estilo de síntesis dramática en el poema.

Entre 1990 y 1993 viví en Sicilia, y tanto el paisaje siciliano, los rastros de su cultura griega y normanda, como sus grandes escritores, fueron el clima de esta nueva etapa de mi vida que aún continúa. De hecho, la mayoría de mis publicaciones las hice a mi regreso forzado a la Argentina en 1993. Fue el tiempo de volver con calma a la lectura de Pirandello, refrescar mis recuerdos de treinta años atrás con Il Gattopardo de Tomasi de Lampedusa, prestar atención a las polémicas provocadas por las reflexiones de Leonardo Sciscia sobre el espíritu siciliano y dedicarme, con toda la posible atención, al estudio más intenso de La Divina Comedia, que me llevó, ya en la Argentina a organizar cursos especiales sobre Dante y a escribir una serie de ensayos, El encanto de la oscuridad. Pero lo más importante fue retomar mi viejo libro de la edición de los Oscar de Mondadori con la poesía completa de Salvatore Quasimodo y con él, ir recorriendo la geografía de sus poemas, desde Tíndari, para contemplar las Islas Eolias. “¡Éste quiero ser!” me dije, en la unión profunda entre contemplación del paisaje y traducción contemporánea de las raíces ancestrales que plantaron los griegos…

Y aquí estoy, intentando.

(2) ¿Qué traducciones recuerda como las que más contribuyeron a crear su propio estilo?

Más que hablar de traducciones, tengo que mencionar a dos profesores que, en mis años de seminario, me enseñaron a traducir textos y amar a sus autores; antes que nada del latín: CARLOS RAFAEL DOMÍNGUEZ, el mejor profesor de mi vida, debo reconocerlo, que me hizo gustar y admirar a Horacio, Virgilio y Ovidio. Y para el griego: ANTONIO CARPANO, que con su sensibilidad para la poesía también en castellano, me lanzó a los recitados y lecturas públicas que hago hasta el día de hoy.

Y en cuanto a escritores italianos, fueron parte de mi formación de escritor y profesor, y me resultaron posteriormente útiles para el uso en mis clases, las traducciones de Ediciones Librerías Fausto de un gran animador de la cultura, como fue HORACIO ARMANI a quien en los años 90 pude hacer una larga entrevista para un periódico local; también los trabajos de traducción de mi profesor de literatura italiana contemporánea en la UCA LEOPOLDO DI LEO, y del siempre recordado amigo, que me dio una mano en varias traducciones que yo mismo hice al italiano, ANTONIO ALIBERTI. Y una traducción de Ediciones Lohlé de La Divina Comedia de los años de la universidad, que todavía sigo utilizando en talleres y cursos diría que con devoción, es la de mi profesor ÁNGEL BATTISTESSA a quien siempre recordaré con gran afecto y agradecimiento.

Estos profesores, con sus traducciones, pero sobre todo por el amor que supieron trasmitirme por los textos y el mundo de sus autores, son los que me ayudaron a ser el que fui y el que soy. Lo confieso con orgullo y emoción.

WENCESLAO MALDONADO

Buenos Aires, enero de 2014.

Nota bio-bibliográfica (extraída de su página web)

WENCESLAO MALDONADO nació en Buenos Aires en 1940. Estudió teología en la UPS (Roma) y letras en la UCA (Buenos Aires) y en la Università degli Studi (Trieste). Se jubiló como docente de griego clásico y literatura italiana. Publicó once libros de poesía: La estación necesaria (Biblos, 1990), El hombre herido (Alicia Gallegos Editora, 1994), Tierra intranquila (A. Gallegos, 1994), Dioses del deseo antiguo (Libretas del Rojas, 1995; 2° premio Concurso “Centenario”, Sociedad Italiana XX Setiembre, 1994), Si cortarle la cabeza a la Gorgona (Último Reino, 1997; 1er. premio XIX Encuentro Patagónico de Escritores, Pto. Madryn, 1996), Ceremonial de una familia oscura (Elefante en el bazar, 1997; finalista concurso “Ramón Plaza”, 1996). En los últimos años fueron editadas las libretas Paraíso desechado y Paternidad de sombra (Epifanía, 2006) y Manual de Osos Prácticos (Simposio, 2008). Sus últimos trabajo son una libreta despedida de la actividad docente: Zureo (Epifanía, 2008) y La Proctomaquia o el Cantar de los Culos (Editorial Simposio, 2008).

Ganó el Primer Premio “Iniciación en Prosa”, bienio 1992-1993, de la Secretaría de Cultura de la Nación, por el libro de cuentos Arquitectura Gótica (Tridente, 1999). En 2004 apareció su segundo libro de narrativa, Fronteras (Epifanía).
En teatro fue finalista del Concurso de Teatro Breve “Fray Mocho 1997” con la obra La historia del cliptodonte (estreno noviembre 1997) e integró el grupo ZEUS TEATRO, con Marcelo Gamarra y dirigido por Sergio Chiocca, que presentó en varias temporadas entre 1998 y 2000 La Musa de los muchachos, presentación irreverente de poemas eróticos griegos, con dramatización del mismo Maldonado.
En la página web de AYESHALIBROS se encuentran Entre Afrodita y Eros. Deseo, amor y sexo en la poesía de Grecia (Antología anotada) y La “Proctomaquia” o el Cantar de los Culos (Poema épico paródico, EDITORIAL SIMPOSIO, 2008). En 2010 presentó “EROS Y OTROS DESEOS” (Las miradas de Eros / Los libros del Simposio).
Después del cuadernillo Hexagrama, inspirado en I Ching (Pavadit@ 2011), durante el año 2012 aparecieron cuatro publicaciones de poesía: Requiem de Guerra (Epifanía) y Diálogo de Pájaros (Epifanía), Hay un amor que espera y que no olvida (Simposio) y la versión bilingüe de Si Cortarle la Cabeza a la Gorgona / If cutting off the head of the Gorgon, traducción de Donny Smith (Vela al Viento). Finalmente, a estos libros de poemas se sumó la novela Las Vigilias de Príapo (Simposio).

© del cuestionario: José Aníbal Campos

MAUREEN ALSOP – SOBRE TRADUCCIÓN

Traducción y nota: Mario Domínguez Parra

1) ¿Qué importancia tuvieron, en su formación como escritora, las traducciones de obras de otras lenguas y ámbitos culturales?

Como poeta, tengo un intenso interés en el lenguaje y en las palabras, en los inesperados arrebatos dentro de la sintaxis, en las variaciones de la forma, en las interpretaciones estratificadas, en la musicalidad y con frecuencia en la oblicua crudeza del lenguaje. Mi primera experiencia en el aprendizaje de otra lengua (el español) fue en el instituto. Me di cuenta de que no me entusiasmaba demasiado aprender la gramática ni enfrentarme a la memorización mecánica del vocabulario. Sí que recuerdo haberme tropezado con un libro de relatos breves en español (y en inglés). Recuerdo haber disfrutado mucho con la decodificación del texto mientras medía la exactitud de mi entendimiento y, simultáneamente, albergaba la profunda esperanza de que nos enseñasen español a través de la lectura de relatos o de poesía, puesto que yo sabía que avanzaría con pasión en el aprendizaje de otra lengua por medio de estos métodos. Sí que escribí un poema en español, en esta época, el primero (y el único). Años después, tras comenzar estudios de doctorado en Vermont College, tuve la oportunidad de trabajar con la poeta Jody Gladding en un taller de traducción. Consideré diversas opciones y decidí elegir a un poeta cuya obra ya había sido traducida, así toda la presión provocada por la necesidad de precisión sería eliminada. Elegí explorar la obra de Octavio Paz, ya que las traducciones de Eliot Weinberger eran tan fenomenales que eliminaban todo tipo de expectativas, a la par que me proporcionaba espacio libre para aprender. Lo que disfruté gracias a Paz y al proceso de traducción fue que el proceso me permitía alejarme de mi propia obra. Inconscientemente, esto proporcionaba más oportunidades a los poemas en los que había estado trabajando para que hallaran su propia transcendencia. La traducción también me permitía ahondar en un estilo o en un modo de razonar completamente distintos, y me animó a que considerase, consciente o involuntariamente, los propios movimientos, los saltos y el armazón de mi escritura. Permití que el proceso de traducción me enseñara no sólo cosas de otra lengua o de otro modo de pensar, sino también cuestiones relacionadas con la escritura. En el proceso de la traducción del poema en quince partes «Trabajos del poeta», de Paz, desarrollé de hecho un poema que se lee como una versión bastardeada de mi proceso de traducción. El increíble poema de Paz, una exploración de la escritura, no sólo se convirtió en una interpretación, sino en una narración personal del andamio de mi experiencia traductora. Lo que desvelé estaba muy alejado de la perfección y de Paz, si vamos al caso, y sin embargo era único y radiante en sus propios términos entreverados, más propios de un híbrido; aún así es una aclaración de Paz. La experiencia también ofreció la posibilidad de un diálogo evolutivo con el texto. Revisé la pieza muchas veces durante los siguientes años, mientras añadía inicialmente elementos de mis propias notas, marginalia y comentarios al armazón de la “traducción” y, por último, me alejaba, desde el poema-interpretación-traducción-poema reescrito, hacia un poema completamente distinto.

1) What was the importance of translations of works from other languages and cultural scopes in your development as a writer?

As a poet, I have an intense interest in language and words, in unexpected surges within syntax, variation in form, layered interpretation, musicality, and often the oblique rawness of language.  My first introduction to learning another language (Spanish) was in High School.  I found that I was not very enthused to learn grammar, nor engage in rote memorization of vocabulary.  I do remember stumbling across a book of short-short stories in Spanish (and English).  I recall greatly enjoying the decoding of text and measuring my accuracy of understanding, and simultaneously holding the deep wish that we were taught to learn Spanish through reading stories or poetry, as I knew I would passionately accelerate at learning another language by this means.  I did write a poem in Spanish around this time, my first (and only).    Years later, as I undertook graduate studies at Vermont College, I had the opportunity to work with poet Jody Gladding in a translation workshop.  I considered options and decided to select a poet whose work had already been translated, thus all pressure would be removed from the need to be precise.  I chose to explore the work of Octavio Paz as Eliot Weinberger’s translations were so phenomenal that it removed all expectation, allowing clearance for me to learn.  What I enjoyed of Paz and the translation process was that the process allowed for me to move away from my own work.  Subconsciously this allows more opportunity for poems that I’d been working on to find their own transcendence.  Translation also allowed me to delve upon an entirely different style or mode of reason, and fuelled me to both consciously and inadvertently consider my own writing’s movements, leaps and framework.  I allowed the translation process to teach me not only about another language or way of thinking, but about writing.  In the process of translating Paz’s fifteen- part prose poem, «The Poet’s Work,» I actually developed a poem which read as bastardized version of my translation process. Paz’s incredible poem, an exploration on writing, became not only an interpretation, but a personal narrative on the scaffold of my translation experience itself. What I uncovered was far removed from Weinberger’s perfection, and Paz for that matter, yet unique and radiant on its own mixed up terms, more of a hybrid, but still a unraveling of Paz.  The experience also offered the possibility of an evolutionary dialog with the text.  I revised the piece many times over the next few years, initially adding elements of my own notes, marginalia and commentary into the framework of the “translation,” and ultimately moving away from the poem interpretation/translation/rewritten poem into an entirely different poem.

2) ¿Qué traducciones recuerda como las que más contribuyeron a crear su propio estilo?

La traducción de«Trabajos del poeta», de Octavio Paz, me liberó. He reescrito el poema desde entonces, alejándolo aún más de mi traducción (inicialmente suelta, conversacional) y convirtiéndolo en un poema más largo, que se encuentra en el folleto the dream and the dream you spoke (Spire Press). Esta revisión está muy alejada de su visión original y proporcionó un ímpetu y unos cimientos para la creación de una poesía lírica completamente personal. Alrededor de la época de esta traducción inicial me enamoré de la obra de la poeta Juana de Ibarbourou. Comencé a traducir fragmentos de (otra) secuencia de poemas en prosa, «Diarios de una isleña», de su libro La pasajera. Desde entonces he traducido todo el libro y colaboro con la poeta Laura Chalar, de Buenos Aires, en la depuración del manuscrito. Ella ha sido un contacto alentador y fundamental, que conoce la historia cultural de Ibarbourou en Uruguay. Ahora tengo una relación más íntima con el paisaje y con la época de Ibarbourou, a través de las imágenes y el lenguaje en mi cabeza. ¡Pero todavía tengo mucho camino que recorrer!

2) Which translations do you remember as having contributed most to create your own literary style?

The translation of Octavio Paz’s «The Poet’s Work» liberated me.  I‘ve since rewritten the poem, removing it further from my initially loose, conversational translation into a longer poem found in the chapbook, the dream and the dream you spoke (Spire Press). This revision is far removed from its original vision and provided an impetus and foundation to create an entirely new personal lyric. Around the time of this initial translation I fell in love with the work of poet Juana de Ibarbourou. I began translating excerpts from (yet another) prose poem sequence «Diaries of an Islander» from her book The Passenger.  I’ve since translated the whole book, and am collaborating with poet, Laura Chalar from Buenos Aires, to refine the manuscript.  She has been an encouraging and instrumental contact, familiar with Ibarbourou’s cultural history in Uruguay. Ibarbourou’s landscape and era I now feel more intimate with through the images and language in my head, but which I’ve yet to travel!

Nota bio-bibliográfica

Maureen Alsop, poeta y traductora estadounidense, es la autora de los libros de poemas Apparition Wren (Main Street Rag, Charlotte, North Carolina, 2007), The Diction of Moths (Ghost Road Press, 2010) y Mantic (Augury Books, 2013).

Además, ha publicado varios folletos: Luminal Equation (collection Narwhal, Cannibal Press, 2009), the dream and the dream you spoke (Spire Press), Nightingale Habit (Finishing Line Press) y Origin of Stone. El folleto 12 Greatest Hits (Pudding House) está pendiente de publicación. Se alzó con los premios Harpur Palate’s Milton Kessler Memorial Prize for Poetry y The Bitter Oleander’s Frances Locke Memorial Poetry Award. Sus poemas más recientes han aparecido en varias revistas: AGNI, Blackbird, Tampa Review, Action Yes, Drunken Boat y Kenyon Review.

Sus traducciones de la poesía de Juana de Ibarbourou (Uruguay, 1892-1979) y de poemas de Mario Domínguez Parra se publicaron en la revista Poetry Salzburg Review (http://www.poetrysalzburg.com/), en los números 17 y 18 respectivamente. Para más información sobre Alsop: http://maureenalsop.com/home.html.

 

© del cuestionario: José Aníbal Campos.

 

JEROME ROTHENBERG – SOBRE TRADUCCIÓN

 

Traducción y nota: Mario Domínguez Parra

José Aníbal Campos, en su blog ARTE-SANÍAS, ideó un breve cuestionario dirigido a escritores y traductores que podrían ofrecer una valiosa información sobre el papel que ha jugado la traducción en sus diferentes obras. Me quedaban unas cuantas respuestas por traducir y publicar. Las publicaré en formato bilingüe. Agradezco a Campos que me haya permitido publicar aquí el cuestionario.

Comenzaré con el poeta, ensayista y traductor estadounidense Jerome Rothenberg (1931), del que publicaré en este blog traducciones de su poesía y de su prosa y sobre cuya obra escribiré una nota más prolija.

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1) ¿Qué importancia tuvieron, en su formación como escritor, las traducciones de obras de otras lenguas y ámbitos culturales?

Para mí, la traducción ha sido la manera más intensiva que he conocido para conectar con otros poetas y culturas. También ha sido la base de ciertas formas de composición original a las que me he dedicado, en varios estilos diferentes.

2) ¿Qué traducciones recuerda como las que más contribuyeron a crear su propio estilo?

Las traducciones de Lorca que comencé cuando era muy joven y poemas posteriores y transcreaciones basadas en las «Suites» de Lorca (The Lorca Variations (1)). También, mis primeras traducciones de Paul Celan y las traducciones y reelaboraciones provenientes de los nativos americanos, que fueron la base de lo que llamo «traducción total».

Nota

(1) Sus Lorca Variations, editadas por Manuel Brito en Zasterle Press (La Laguna, 1990), son un interesante experimento de traducción/creación poética. Rothenberg, en una carta a Brito incluida en el libro, explica su método (traduzco del original): «Si recuerdas, estaba trabajando, mientras estabas en Binghamton, en una serie de traducciones de las “Suites” de Lorca: un proyecto que se convirtió en 250 páginas de traducciones que serán publicadas por Farrar Strauss en 1990 o 1991. Mi frustración al respecto es que no me permite publicar mis traducciones de manera independiente, diluyéndose así cualquier razón que pueda tener para hacer un homenaje a Lorca, etc. Con esto en mente, hace poco comencé a componer una serie de poemas propios (“variaciones”) que dependen del vocabulario (especialmente de nombres y adjetivos) de mis traducciones de las “Suites”, pero comencé a recomponerlos de diferentes maneras. No sé qué importancia tiene esa información para una lectura de los poemas, pero lo menciono para explicar el modo en que estos poemas son y no son míos, son y no son de Lorca». Este proceso trae a colación el método de escritura de Ronald Johnson en su libro Radi Os: el poeta estadounidense escarba en Paradise Lost (las cursivas son mías) en busca de un poema oculto, por medio de la eliminación de palabras del original. Johnson, en la portada del libro, presenta las letras Radi os como las únicas no tachadas del título del poema de Milton.

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1) What was the importance of translations of works from other languages and cultural scopes in your development as a writer?

Translation for me has been the most intensive way I’ve known to connect with other poets & cultures.It has also been the basis for certain forms of original composition which I’ve pursued in a number of different ways.

2) Which translations do you remember as having contributed most to create your own literary style?

Translations from Lorca beginning when I was very young and later poems & transcreations based on the vocabulary of Lorca’s “Suites” (The Lorca Variations). Also my early translations from Paul Celan and the translations and reworkings from Native American sources that were the basis of my approach to what I called “total translation.”