MYRTIÓTISA – ELEGÍA

ELEGÍA

Imposible imaginarme a Kavafis
fuera de Alejandría, y de nuevo,
sin Kavafis, ¿qué es Alejandría?
Esto pensé muchos años después,
cuando estuve otra vez en este país.
Aun muerto tiempo ha, empero,
no fui al cementerio en su busca,
sino que partí una tarde sola
hacia su casa tal y como hice entonces.
¿Qué estaba pensando? Que algo quedaría,
algo de él, alguna huella suya,
algo de la mano que abrió la puerta…
Y una tarde partí sola
con rosas escarlata en la mano.
La puerta que antaño fue suya
(¡miradla!), cerrada para mí, él no abrirá,
sellada está con siete sellos
y al lado una placa empotrada
con su nombre: «Aquí moraba
el poeta Kavafis…» ¡Cómo! ¿En esta tumba?
Oh, poeta de enormes ojos
misteriosos, bizantinos, todo fuego,
¿do está tu cálido hogar y tus velas,
que con su débil luz nos fascinaban?
¿Do están las valiosas alfombras paternas
y los muebles antiguos de la Ciudad ?
¿Y do está el tesoro de tus libros
con pergaminos en anaqueles de ébano,
los perfumes del sándalo y Ahmed,
que en silencio y sin cesar nos convidaba
mientras en vela nos mantenías con la palabra
y el licor, con una célica ebriedad
espiritual que no volvió a alzarse?

.. .. .. .. .. .. .. .. .. .. .. .. .. .. .. .. .. .. .. .. .. .. .. ..

Y ahora eres una ausencia, como muestran
esta puerta cerrada y con telarañas,
y la placa glacial con tu nombre.
Ahora solo existe el Poeta.
No obstante, yo he traído mis rosas
para ti, que vives en mi corazón,
y ahora las esparzo una a una
con lágrimas sobre esta piedra desierta,
en otro tiempo umbral de tu casa…

29-04-53

 

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ΕΛΕΓΕΙΟ

Ἀδύνατο νὰ φανταστῶ Καϐάφη
ἔξω ἀπ’ τὴν Ἀλεξάντρεια, καὶ πάλι,
χωρὶς Καϐάφη τ’ εἶν’ ἡ Ἀλεξάντρεια;
Αὐτὰ σκεφτόμουν ὕστερ’ ἀπὸ χρόνια
σὰν βρέθηκα ξανὰ σ’ αὐτὴ τὴ χώρα.
Ἄν κι’ εἶχε ἀπὸ καιρὸ πεθάνει, ὡστόσο
δὲν πῆγα νὰ τὸν βρῶ στὸ κοιμητῆρι,
μὰ κίνησα ἕνα δεῖλι μοναχήμου
στὸ σπίτι του νὰ πάω ὡσὰν καὶ τότες
τί ἐλόγιαζα πὼς κάτι θ’ἀπομένει
κάτι ἀπ’ αὐτόν, κάποιο δικό του ἀχνάρι,
κάτι ἀπ’ τὸ χέρι ποὺ ἄνοιγε τὴν πόρτα…
Καὶ κίνησα ἕνα δεῖλι μοναχή μου
μ᾿ἄλυκα τριαντάφυλλα στὸ χέρι.
Ἡ θύρα ποὺ ἦταν ἄλλοτε δικιά του
νάτην! κλειστὴ γιὰ μένα, δὲ θ’ ἀνοίξη,
μ’ ἑφτὰ σφραγίδες εἶναι σφραγισμένη,
καὶ δίπλα της μιὰ πλάκα ἐντοιχισμένη
μὲ τ’ ὄνομά του: «Ὁ ποιητὴς Καϐάφης
ἐδῶ καθόταν…» πῶς! σ’ αὐτὸ τὸν τάφο;
Ὤ! ποιητὴ μὲ τὰ πελώρια μάτια
μυστηριακά, Βυζαντινά, ὅλο φλόγα,
ποὖν τὸ ζεστό σου σπιτικό, καὶ τὰ κεριά σου
ποὺ μὲ τὸ φῶς τους τ’ ἀμυδρὸ μᾶς γοητεύαν;
Ποὖν τ ’ἀνεχτίμητα χαλιὰ τὰ πατρικά σου
καὶ τὰ παληὰ τὰ μόμπιλα τῆς Πόλης;
Καὶ τῶν βιϐλίων σου ποὖ ναι ὁ θησαυρὸς
μὲ τὶ ςπεργαμινὲς στὰ ἐϐένινα ράφια;
Τ’ ἀρώματα ἀπ’ τὸ σάνταλο κι’ ὁ Ἄχμετ
ποὺ σιωπηλὰ μᾶς κέρναγε ὁλοένα
κι’ ὁλονυχτὶς μᾶς κράταες μὲ τὸ λόγο
καὶ τὸ πιοτό, σὲ μιὰν οὐράνια μέθη
πνευματική, ποὺ δὲν ἐματαστάθη;

…………………………………………

Καὶ τώρα εἶσαι ἕνα τίποτα ὄπως δείχνει
Τούτη ἡ κλειστὴ κι’ άραχνιασμένη θύρα
κι’ ἡ πλάκα ἡ παγερὴ μὲ τ’ ὄνομάσου.
Μονάχα ὁ Ποιητὴς ὑπάρχει τώρα.
Μὰ ὡσ τόσο ἐγὼ τὰ ρόδα μου ἔχω φέρει
γιὰ σένανε, ποὺ ζῆς μὲς στὴν καρδιά μου,
κι’ ἕνα πρὸς ἕνα τώρα τὰ σκορπίζω
μὲ δάκρυα ἐδῶ στὴν ἔρμη ἐτούτη πέτρα
ποὺ ἄλλοτες τοῦ σπιτιοῦ σου ἦταν κατῶφλι…

29.4.53

 

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EPÍLOGO

Myrtiótisa (pseudónimo literario de Ceoni Drakopulu) nació en 1885 en Estambul (en el barrio de Bebek) y falleció en 1968 en Atenas. Su padre era diplomático. Seis años después del nacimiento de la poeta, fue nombrado cónsul general de Grecia en Creta, entonces ocupada por los turcos, adonde se trasladó con su familia. Tras dos años de estancia en la isla, se instalaron en Atenas, donde la poeta fue escolarizada (en el colegio Hill del barrio de Plaka). Desde muy joven tuvo inclinación por la poesía y el teatro. Tomó parte en representaciones de teatro antiguo, en compañías de aficionados, y colaboró con la Nueva Escena de Konstantinos Jristomanos. Después de un breve descanso de su ocupación teatral, a causa de la oposición familiar, continuó sus estudios de teatro en París (Escuela Dramática Estatal), donde se instaló tras contraer matrimonio con Spyros Papás, con el que tuvo un hijo, Yorgos, que hizo carrera en el teatro griego. Regresó a Grecia después de algunos años, tras el fin de su fugaz matrimonio, y trabajó como profesora de dicción en el conservatorio de Atenas. Fue definitivo para su expresión poética conocer y enamorarse del poeta Lorentsos Mavilis. Después de la trágica muerte de este en la batalla de Drisku, en 1912 , Myrtiótisa regresó a su antiguo amor para expresar su dolor. En 1919 se publicó su primer libro, con el título de Canciones. Fue también importante en su vida la profunda amistad que le unió a Kostís Palamás, el cual se convirtió en su guía. Se alzó con varios premios nacionales de poesía (en 1932 por su libro Obsequios de amor y en 1939 por otro de sus libros, Gritos). Después de la prematura pérdida de su hijo, publicó el libro Yorgos Papás: su infancia (1962). La poesía de Myrtiótisa se caracteriza por un intenso lirismo. Algunos de los temas importantes de su poesía son la naturaleza y la dicotomía pasión/muerte .

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En una entrada de su blog (http://annagelopoulou.blogspot.com/2012/03/blog-post_31.html), Anna Anguelopulu escribió sobre una visita que Myrtiótisa le hizo a Kavafis en 1926. He traducido algunas partes, así como también fragmentos de un texto que ilustra esta visita Fruto de una mirada penetrante y profunda es el texto que Myrtiótisa le dedicó, K.P. Kavafis: una impresión. En él, la poeta narra su encuentro con el autor de «Ítaca» y se dedica a describir y comentar los rasgos característicos que le llamaron la atención. Describe y enjuicia, directa o indirectamente, la ciudad de Alejandría; el modo de vida y el comportamiento de Kavafis; y algunos rasgos característicos propios:

Me encontraba por casualidad en Egipto para pasar en Alejandría unos pocos días. Alejandría es una ciudad que ora te aburre desde el segundo día, ora te acostumbras a ella y ya no quieres abandonarla. Yo no me pude acostumbrar a ella. Así como es, ruidosísima y prosaica, me dio la sensación de que era como una mujer que habla a voces y lleva puestos vestidos lujosos y llamativos.

El tedio ya se había apoderado de mí cuando recordé las palabras de mi amigo Porfyras: «Cuando vayas allá abajo ve a ver al poeta Kavafis. Estoy seguro de que merece la pena que alguien haga ese viaje solo para conocerlo». Pedí que me lo presentasen. Kavafis no acepta con facilidad a los extraños, me habían dicho, y por eso fui con algo de miedo. Sin embargo, me recibió con bastante cordialidad.

Con su amabilísima voz, en la que se distingue claramente un tono extranjero —que Dios te proteja si se lo dices—, me pidió que me sentara en un asiento bajo que se encontraba frente a mí, en el salón en penumbra. Puesto que soy esquiva por naturaleza cuando estoy con personas que acabo de conocer, me senté y hablé poco con él. Esto pareció agradarle, porque comenzó a hablar más él y poco después ordenó a su árabe, Ahmed, que trajera whisky y unos entremeses.

Al poco tiempo, mis ojos se acostumbraron a la escasa luz de la habitación y pude mirarlo con más atención mientras hablaba y bebía. Es delgado, pálido, tiene el pelo gris y espeso, muy espeso. Pero lo que llama la atención al completo es sus ojos, sus dos ojos supremos, extraños, enigmáticos. Nadie, entre nosotros, puede ver en otra persona dos ojos semejantes. Simplemente porque no son los ojos de una persona contemporánea. Son ojos que provienen de muy lejos, de la profundidad de los siglos, y conservan en ellos el misterio de otra vida, ignota para nosotros.

Mientras escuchaba su voz, me parecía que venía de lejos y él mismo, puesto que se había apartado en ese momento en una esquina oscura mientras hablaba de arte —¿con nosotros o consigo mismo?—,parecía una criatura exótica que vivía en una atmósfera distinta a la nuestra, a la que tenías que escuchar y ver de lejos, y no te extrañabas si de repente la veías entera frente a ti mientras enmudecía. Su conversación es encantadora.

Sabe presentar las cosas más conocidas como algo nuevo, así como también investirlas de la belleza de su arte. Pone su sello en todo: las habitaciones, los muebles, las estatuas antiguas, los jarrones raros. Cada cosa que lo rodea está armonizada con la fisionomía de su Arte. Como su arte poética es tan suya, tan kavafiana, es imposible que nadie la imite, aunque sea desde la lejanía, sin hacer el ridículo. Porque para escribir como Kavafis tienes que ser Kavafis. De otra manera, no puede ser. ¿Es esto fácil? Claro que no. Por supuesto, en mi opinión es imposible y todo esfuerzo sería inútil y afectado.

Al saber que vivo en Atenas, el poeta me habló de casi todos nuestros poetas. Mostró respeto ante la obra de Palamás, aprecio por la de Xenópulos (al que conoció en otro tiempo), interés por la de Porfyras. Cuida y pondera muy bien sus palabras, sin saber qué opina el extraño que tiene enfrente, quiénes le resultan simpáticos y quiénes no. Tiene miedo de ofenderte por lo más mínimo. Es el griego más cultivado que conozco. La ironía, la ironía neogriega, a veces sutil, a veces dura y con frecuencia soez y brusca, es para Kavafis totalmente ignota. Kavafis no podría establecerse en la Grecia de hoy en día y, por eso, hace muy bien en permanecer lejos de ella. «Sé que este lugar donde vivo no es bello», me dijo, «por eso vivo encerrado en esta casa, solo con mis libros. Sin embargo, no soy todavía un eremita absoluto. Cuando anochece me gusta escuchar a alguien llamar a la puerta. Es una debilidad que tengo que superar».

Salimos a la calle. El ruido de la ciudad todavía me parecía más insoportable y los gritos de los árabes, abominables. Una vez sola, pensé: «Claro, casi todos lo vemos, sabemos que la vida es fea y, sin embargo, la vivimos y cada día nos alimentamos de su fealdad. Él consiguió huir de su rutina. Oportunamente clavó sus ojos inquisidores alrededor de ella y alrededor de la Pasión y tuvo mucho miedo cuando se dio cuenta de que todo era tan feo. Orgulloso, no aceptó suicidarse. Se armó de una enorme voluntad, se encerró en su casa y, vigía insomne de su propio ser, convirtió su Arte en vida».

Todos estos fragmentos provienen, tal y como escribe Anguelopulu, de esta edición de la obra completa de Myrtiótisa: Μυρτιώτισσας Άπαντα (πρόλογος Τ. Αθανασιάδη-εισαγωγή Ανδρέα Καραντώνη), εκδ. Alvin Redman Hellas, Αθήνα, 1965, σ. 313-315.

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Minos Markakis colgó el día 1 de noviembre de 2017, en su muro de Facebook, tres fotos: la cubierta de un libro, Αλεξανδρινή λογοτεχνία, 1953, y dos páginas que contienen el poema de Myrtiótisa. ¿Qué me hizo traducirlo? Una pregunta que le hice a Markakis, en primer lugar: «¿Queda literatura griega en la Alejandría contemporánea?», cuya respuesta se pueden imaginar: «No». En segundo lugar, el título de la antología en la que se publicó el poema: Literatura alejandrina, 1953. En tercer lugar, mi interés creciente por la obra de Myrtiótisa, apenas traducida al castellano y cuya obra merece mayor difusión. En cuarto lugar, Kavafis, por supuesto, de cuyos 154 canónicos desearía hacer una traducción algún día.

ZOMÁS TYPALDOS – SIN TÍTULO

Traducción: Mario Domínguez Parra

 

En la bruma del tiempo, de un tiempo que señala el día de hoy, un vestido blanco levita. El reloj de pared está parado, pero corren las horas. El vestido se acerca a mí. La tiniebla me priva de la posibilidad de distinguir el cuerpo que lo lleva. No hay cuerpo dentro de él, no hay más materia que la de la silueta tejida, cuyo cuerpo blanco exhuma todo lo que no fue inhumado nunca. El reloj de pared está parado, pero corren las horas. En el día que acaba de comenzar, un pasado que nunca olvidé me visita. Ocultos en el presente, un deseo, un suspiro, una pasión impetuosa, una vida dentro de mi vida. De repente, el reloj comienza a funcionar. Las manecillas ahora corren raudas: intentan ganar el tiempo perdido. Yo, sin embargo, permanezco inmóvil, no respiro, no hablo. Me abandono al abrazo del vestido blanco. Me abandono a la inmersión en su abrazo, me ahogo, pero no hago ningún movimiento por salvarme… Me hundo… Me hundo cada vez más profundamente en su seda… ¿Quién dejó abierta la ventana de mi mente para que ella se alejara de mí?

Th. D. Typaldos
Patras, 25/04/2020

Imagen: collage del surrealista chileno Ludwig Zeller, publicado con el permiso de su hija.

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Μέσα στην αχλή του χρόνου, ενός χρόνου που σηματοδοτεί το σήμερα, ένα λευκό φόρεμα αιωρείται. Το ρολόι στον τοίχο είναι σταματημένο μα οι ώρες κυλούν. Το φόρεμα με πλησιάζει. Το ημίφως μού στερεί τη δυνατότητα να διακρίνω το σώμα που το φορά.. Δεν υπάρχει σώμα μέσα του, δεν υπάρχει ύλη παραμόνο αυτή της υφασμάτινης σιλουέτας που το άσπρο της χρώμα ξεθάβει όλα όσα δεν θάφτηκαν ποτέ. Το ρολόι στον τοίχο είναι σταματημένο μα οι ώρες κυλούν. Στην μέρα που μόλις άρχισε, ένα παρελθόν που δεν ξέχασα ποτέ, με επισκέπτεται. Κρυμμένη στο παρόν, μία επιθυμία, ένας στεναγμός, ένας έρωτας παράφορος, μία ζωή μέσα στη ζωή μου. Το ρολόι ξαφνικά αρχίζει να λειτουργεί. Οι δείκτες του τώρα τρέχουν με βιάση – προσπαθούν να κερδίσουν τον χαμένο χρόνο. Εγώ όμως, στέκω ασάλευτος, δεν αναπνέω, δεν μιλώ. Αφήνομαι να με αγκαλιάσει το λευκό φόρεμα. Αφήνομαι να βυθιστώ μες την αγκαλιά του, πνίγομαι μα δεν κάνω καμία κίνηση να σωθώ… Βουλιάζω… Βουλιάζω ολοένα και πιο βαθιά μέσα στο μετάξι του…
Ποιος άφησε ανοιχτό το παράθυρο τού μυαλού μου κι έφυγε μακριά μου εκείνη;

Θ.Δ.Τυπάλδος
Πάτρα 25/04/2020

DIMITRIS V. TRIANDAFILIDIS: PRÓLOGO AL LIBRO «DESDE EL PONTO HASTA EL INFIERNO DE STALIN», DE ALÉXANDROS N. DIONISIADIS

Prólogo al libro Desde el Ponto hasta el infierno de Stalin, de Aléxandros N. Dionisiadis, traducido del ruso al griego por el autor del prólogo.

Traducción del griego: Mario Domínguez Parra

Existe la historia con letras mayúsculas: la historia de los pueblos, de las sociedades, de las civilizaciones. Existe también la microhistoria, la historia de las gentes humildes, de los vecinos de al lado, la historia de los anónimos y los desconocidos. Es la historia cual pincelada en el gran lienzo, construido con sangre, sudor y lágrimas, con esfuerzo, con canciones alegres y luctuosas, con esperanzas y fracasos. Es la historia que cualquiera de nosotros podría haber vivido.

Un libro de esa factura es el que el lector ahora tiene en sus manos. No se trata de un texto que aspire a los laureles literarios. Tampoco establece nuevas técnicas de escritura. Se trata del testimonio de los suplicios que sufrió una gran parte del helenismo del Ponto durante desplazamientos y tribulaciones que resultaron eternos, dentro del remolino de grandes e imponentes acontecimientos que marcaron el atormentado siglo XX.

Desde la próspera Trebisonda hasta Kolima, sinónimo de infierno, el humilde ser humano (juguete en manos de Cleo, la musa de la historia) combate y se esfuerza por sobrevivir y prosperar.

El escritor, vástago de una familia donde confluyen antiguas sangres y poderosas tradiciones, nació en la Unión Soviética y ha pasado toda su vida allí. Creció, estudió, trabajó, formó una familia, tiene hijos, nietos y biznietos. Es carne de la carne de su siglo y un testigo ocular de acontecimientos que nuestros contemporáneos ignoran o que, sin duda, no desean conocer, porque entran en contradicción con obsesiones establecidas.

Aléxandros Dionisiadis es un apasionado narrador que, aunque, como él mismo confiesa, no concluyó sus estudios (es un humilde mecánico), consigue trasladar al lector imágenes, pensamientos, sentimientos, incluso olores de su atribulada vida.

Hijo de su época, ha vivido una vida rica en experiencias y lecciones y decidió, en su crepúsculo vital, dejar un texto, unas existencias, no solo para sus descendientes, sino para todos los que con sensibilidad arrostran los sufrimientos, los martirios y los testimonios.

Aléxandros Dionisiadis es una persona valiente, no por haber llevado a cabo algunos actos heroicos, sino porque, cuando su conciencia y su discernimiento chocaron frontalmente con la realidad, se dio cuenta de sus errores y cambió. Este cambio no fue fácil ni indoloro, sino todo lo contrario, pero tuvo el valor de llevarlo a cabo. Pocos pueden hacerlo.

En este mismo libro, el lector se encontrará con las tribulaciones de otra Odisea, no escrita, del helenismo del Ponto. Conocerá las injustas detenciones, las calamidades, los infortunios, las torturas, pero al mismo tiempo admirará la capacidad de supervivencia y de prosperar de estos hijos del antiguo Pueblo que aprendió a renacer de sus cenizas una y otra vez. Conocerá el sino de aquellos a los que la vida, por un capricho del destino, dispuso como eternos vagabundos y refugiados, incluso en su misma patria. Viajarán con él desde Trebisonda a Tiflis, en Georgia, a la Siberia oriental, a Moscú, a Kolima, pero también a los barrios «invisibles» donde se concentraban los repatriados y conocerá el segundo, más amargo, exilio.

Era joven cuando vio cómo detenían y exiliaban a su padre a los confines de este mundo, a Kolima. Después de un breve período de tiempo, siguió el exilio familiar a la Siberia oriental, el regreso a Moscú, la repentina y extraña muerte de su hermano y la nueva vida en la maquinaria del país, donde destacó. Y siguen las visitas a la madre patria, el reencuentro con los parientes perdidos, la amargura del que, otra vez, es refugiado. Páginas emocionantes, páginas confesionales, páginas de una verdad que debe conocerse.

El libro de Aléxandros Dionisiadis es la declaración de la verdad personal de un hombre humilde. Es la historia de su familia, la historia de su vida, la narración del griego que viajó durante toda su vida para regresar a su hogar. Compasivo con los otros, desengañado con el poder y las personas, Aléxandros Dionisiadis no guarda rencor a nadie y continúa hasta hoy en día viviendo, ofreciendo a manos llenas amor y compasión a quien los necesite.

Dimitris V. Triandafilidis
Invierno de 2017 – verano de 2018
Atenas – Metaxurguío