MARÍA IORDANIDU: LOXANDRA (TRADUCCIÓN DE SELMA ANCIRA)

Uno de los aspectos más interesantes, más ricos, a mi parecer, de la literatura neogriega (hablamos de literatura escrita durante los últimos cien años, sobre todo) es la presencia de autores que no nacieron en Grecia e incluso que apenas la pisaron. La lengua griega moderna tiene algunos de sus representantes literarios más importantes en estos escritores.

Primero que nada, Kavafis. Nacido y muerto en Alejandría, 1863-1933, Egipto, donde hasta hace cinco o seis décadas vivía una comunidad griega numerosa. Kavafis apenas viajó a Grecia. Vivió en Inglaterra y en Estambul o Constantinopla (aquí hay un problema de traducción del que podemos hablar). La profesora Ioanna Viskitsí me habló un día de escritores αγράματοι, es decir, de los que aprendieron el griego en países donde la lengua griega no era ni mucho menos la mayoritaria y desarrollaron una aproximación artística al idioma muy particular. Es el caso del poeta alejandrino o de Nikos Kazantzakis. El primero utiliza varias variedades de la lengua griega: norma purista, griego normativo, así como también citas del griego clásico y helenístico. De ahí que sea tan complejo traducir a Kavafis, aunque el resultado pueda no parecerlo. La poeta griega Myrtiótisa (que nació en Estambul) escribió un testimonio de una visita que le hizo al poeta alejandrino. Una de las cosas que dejó escritas en dicho testimonio es que Kavafis hablaba griego con acento extranjero y, cito literalmente: «Que Dios te proteja si se lo dices». Creo que esa frase resume muy bien la situación de estos escritores: sentirse griegos en un ámbito lingüístico distinto.

En el caso de Kazantzakis, y Selma Ancira conoce muy bien este caso, puesto que ha traducido Zorba el griego y Cristo de nuevo crucificado para Acantilado (la primera traducción directa del griego, en ambos casos), nos encontramos ante un escritor cretense, nacido en dicha isla cuanto estaba, en 1883, bajo dominación turca. Kazantzakis se caracterizó por renovar la lengua griega, por crear una cantidad ingente de neologismos, por inventar el modo en que se escribían algunas palabras según un criterio personalísimo, en una época en que los debates entre los partidarios de la norma purista (el griego más afín al griego bizantino y al clásico, sin turquismos, utilizado incluso por Andreas Embirikos, el introductor del surrealismo y del psicoanálisis en Grecia) y el griego normativo (la lengua popular, con numerosas palabras de origen turco, la que eligió Kazantzakis para desarrollar su obra literaria) llegaban incluso a las manos, en manifestaciones en las que se reclamaba que la Biblia o las obras de Sófocles se tradujesen (porque se traduce del griego antiguo, clásico o neotestamentario al griego moderno) a una u otra variedad.

Yorgos Seferis (1900-1971) y Ioanna Tsatsu (1908-2000) nacieron en Esmirna, entonces una floreciente ciudad donde vivía una comunidad griega que fue casi en su totalidad aniquilada durante los acontecimientos de 1922, la conocida como Catástrofe de Esmirna o Catástrofe de Asia Menor, tras la invasión del ejército griego, que quería reconquistar los territorios que habían sido griegos, bizantinos, hacía más de cuatrocientos años (la conocida como Jonia). Esmirna era conocida por los turcos como Izmir Giaour, «Esmirna la infiel». Seferis, Tsatsu y toda su familia tuvieron que emigrar a Grecia.

Stratís Tsircas (1911-1980) es otro de los grandes escritores griegos nacidos en Alejandría, donde vivió buena parte de su vida hasta que por problemas políticos en Egipto tuvo que emigrar a Grecia durante la década de los cincuenta. Su gran trilogía novelística Ciudades a la deriva (el título proviene de un poema de Yorgos Seferis; edición de Ioanna Nicolaidou, traducida por Vicente Fernández González, Ioanna Nicolaidou, María López Villalba y Leandro García Ramírez, publicada por Cátedra Universal en 2011, para celebrar los cien años del nacimiento de su autor) tiene como protagonista a un grupo de griegos de Alejandría que lucharon en el bando de los aliados en el norte de África durante la II Guerra Mundial y que luego se vieron involucrados en la resistencia griega. Pero Tsircas no quiso escribir sobre la guerra civil griega que transcurrió después porque no la vivió, estaba en Alejandría, aunque sí aparece in absentia.

Y así llegamos a la traducción de Selma Ancira, Loxandra (Acantilado), una novela de María Iordanidu (Constantinopla, 1897 – Atenas, 1989), una escritora constantinopolitana. Importante el gentilicio: griega de Constantinopla, como ha traducido Ancira. No estambulita, aunque la palabra Estambul es de origen griego: στην πόλη, «en/a la ciudad». Los griegos también se refieren a Constantinopla como «La Ciudad», en mayúscula. Y digo que es importante porque nos encontramos con escritores, con personas que se han habituado a vivir en un ambiente plurilingüe, que son bilingües, que se relacionaban (aunque griegos y turcos viviesen en barrios distintos) porque ambos hablaban las dos lenguas (el caso de la hanum de Creta, en el momento en que se encuentran en el barco los turcos acababan de perder su dominio de la isla). Hace unos meses hice de intérprete de Petros Márkaris, el conocidísimo y leidísimo escritor griego de novela griega. Márkaris nació en Estambul, en Constantinopla (él utilizaba la palabra que utilizan los griegos). Me contaba que él se crió en un ambiente bilingüe al que se fueron incorporando otras lenguas: francés, alemán. De hecho, esa expresión que Selma Ancira reproduce tan fielmente en la novela, «Ah papapapá», la utilizó Márkaris un par de veces durante el tiempo en que estuvimos conversando.

La novela de María Iordanidu narra las peripecias vitales de una mujer griega en Constantinopla, Loxandra, y toda su familia, griegos de la Ciudad que se relacionan con armenios, turcos, kurdos, judíos, albaneses, franceses, gente de todas partes que comparten el ambiente de una ciudad cosmopolita, plurilingüe, donde, aun dividiéndose poblaciones por barrios, al final, por cuestiones económicas, alimenticias, se relacionan. Loxandra es bilingüe, se encuentra en su camino vital con guerras, invasiones, con la sempiterna Gran Idea que sueña con que la leyenda de Konstantinos Paleologos (el último emperador bizantino, que una vez resucitado o reaparecido hará que Estambul vuelva a ser Constantinopla) se cumpla. Pero a la vez, lo importante para ella no es la política, el dinero, sino la buena relación con las personas, provengan de donde provengan y crean en el dios que crean. Diversos episodios de la novela dan fe de esto: las hanums en el barco que lleva a Loxandra a Tatavla, donde ayuda a una madre turca a cuidar de su hijo; Tarnanás, el ayudante que tiene en su casa, armenio, al que protegen cuando comienzan las matanzas de armenios en la Ciudad, unos años antes del genocidio de 2015. Su viaje a Atenas, junto con su hija Klío y su nieta Ana, resulta una pequeña decepción: las diferencias culturales, la mala educación (esa fanfarronería de la que habla Myrtiótisa en el testimonio escrito sobre su visita a Kavafis en Alejandría, cuando escribe que el poeta alejandrino jamás podría vivir en Atenas), el recurso de hablar turco para que no los entiendan los de alrededor.

En la página 172 aparece una de las pequeñas historias sobre las andanzas de Nasredín Hodja, un sabio popular de la Capadocia del siglo XIII, turco, cuyas peripecias vitales pertenecen al acervo popular turco, griego, hebreo y armenio. Faruk Tuncay las tradujo al griego y María Skiadaresi les dio forma literaria (se trata de un libro que me envió la traductora E.I. Sakalí y que guardo como un tesoro). Que unos griegos citen a Hodja (aunque en el ámbito hispano es conocido como Nasredín o Nasrudín, en la compilación de Tuncay y Skiadaresi solo una vez aparece nombrado como Nasrudín; todo el mundo lo llamaba, en esas historias traducidas al griego, Hodja: «Χότζα μου») da cuenta de esa convivencia (con algunos momentos más felices que otros, claro está) que llegó a darse entre griegos, turcos, armenios y judíos.

La novela concluye en 1914, ocho años antes de los terribles acontecimientos que relatan dos obras maestras de la literatura griega contemporánea, Tierras de sangre, de Didó Sotiríu (traducción de César Montoliu, Acantilado, 2002) y El número 31328, de Ilías Venezis (traducción de Manuel Gómez Rincón, Universidad de Sevilla, 2006). Quien haya leído estos dos libros desoladores y extraordinarios sentirá el mismo vértigo que sintió quien escribe al concluir la lectura de Loxandra. La invasión de una parte de Turquía por parte del ejército griego, en 1919, en busca de la completitud de lo que los griegos (durante el siglo XIX, justo después de la revolución de 1821) denominaron La Gran Idea (la recuperación de todos los territorios de Asia Menor conquistados por los Otomanos), resultó en una reacción del nuevo estado turco, nacido de las cenizas del Imperio Otomano: la destrucción de Esmirna, donde habían vivido una numerosa comunidad griega durante siglos, y otros enclaves griegos en la península de Anatolia (como Ayvali, donde nació Venezis, y Aydín, donde nació Sotiríu). Tanto Sotiríu (1909-2004) como Venezis (1904-1973) vivieron la Catástrofe de Asia Menor en primera persona. Sotiríu escribió una novela donde relata la tragedia, narrada en primera persona (una primera persona con un cambio extraordinario y fluido en su conformación) y Venezis un testimonio sobre su paso por los campos de concentración turcos tras la Catástrofe, a la que sobrevivió (el primer libro que publicó). Da qué pensar, en el caso del libro de Venezis, que el trayecto que realizaron los griegos que sobrevivieron a la Catástrofe es, en buena parte, el mismo que están realizando ahora mismo los refugiados de la guerra de Siria. La isla de Lesbos significó y significa la salvación.

Iordanidu publicó esta novela en 1962 a la edad de 65 años. Fue su primera incursión en el género.

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