KAZANTZAKIS MALACITANO

Las visitas a Málaga, aunque hayan tenido lugar durante un cortísimo espacio de tiempo (menos de veinticuatro horas en las dos ocasiones en las que he ido desde 2014), se están convirtiendo en una magnífica costumbre que espero no se pierda. En esta ocasión me trasladé allí para la tercera presentación de mi traducción de la primera novela de Nikos Kazantzakis, Σπασμένες ψυχές (Almas rotas, Ginger Ape Books&Films, 2016).

La singladura comenzó en la isla de La Palma, donde he estado trabajando desde septiembre del año pasado. Una vez en Tenerife, desde el aeropuerto con nombre de reina greco-española partió el vuelo con destino a Málaga. Hacía un par de años que no viajaba a la península. Durante el trayecto, cosa que se repitió una vez llegado a Málaga, esas demostraciones de masculinidades incomprensibles: un muchacho vestido de pollo y otros alrededor de él, con las expectativas de fiestas y conquistas venideras.

La repetición de esa congregación para la doctrina de las masculinidades no aprehensibles por mi mente tuvo lugar en el autobús (ya no me hallaba en un territorio donde la palabra «guagua» se da por supuesta). Un grupo de muchachos franceses que rodeaban a otro vestido con una mezcla de soldado ruso y surfero con neopreno (la memoria algo me falla en este punto, comprensible también por cuanto que el autobús estaba a reventar y sólo podía ver torsos).

Llegué a la parada de autobuses que está al pie de las murallas antiguas. Tras unos minutos de desconcierto, un señor muy amable, atildado, con un paquete de dulces en la mano, me indicó elegantemente el camino hacia la Plaza de la Merced, cerca de la cual estaban tanto la sede del Centro Andaluz de las Letras, donde iba a tener lugar la presentación como el hotel donde me iba a alojar durante apenas unas horas. En el trayecto hacia el hotel, antes de atravesar el túnel que atraviesa la elevación de terreno donde se encuentran las murallas, me crucé con Josema Yuste, de Martes y Trece (buen augurio).

Una vez en la habitación, me puse en contacto con Vicente Fernández González. Para los que no lo conozcáis, Vicente es director del Máster de Traducción de la Universidad de Málaga, traductor del griego moderno. Ha ganado dos veces el Premio Nacional de Traducción (por sus traducciones Seis noches en la Acrópolis, de Yorgos Seferis, y Verbos para la rosa, de Zanasis Jatsópulos).

La comida, la comida: no se puede venir a Málaga y no hablar de comida. Todavía me acuerdo del restaurante libanés al que fuimos en 2014 Selma Ancira, Juan Manuel Macías, Juan José Tejero, Vicente y yo, cuando nos reunimos para un encuentro de traductores de poesía griega, «Buenos tiempos para la lírica». Me informó Vicente que el restaurante, que estaba en la Plaza de la Merced, había cerrado sus puertas. Una pena, la comida era una delicia.

Vicente me llevó a un lugar de «pescaíto frito». Yo, que soy carnívoro irredento, decidí aceptar porque hay que probar sitios distintos, hay que salir de la zona de confort cárneo de vez en cuando. Fuimos a una tasca que se encontraba en la entrada a una de esas calles estrechísimas del centro de Málaga, de esas en las que puedes casi tocar las paredes de los edificios que la conforman. Siempre que me meto por una de estas calles me acuerdo de la calle Las Palmas, al pie del castillo, en Jaén, donde nació mi madre.

Comimos opíparamente: bolos (parecidos a las ostras u ostiones), pescadillas (cuya presentación en círculo confirmaba el dicho), ensalada de pimientos fritos, sardinas asadas, langostinos también asados (con cristales de sal gorda por lo alto). La conversación con Vicente, como siempre, chispeante. Me habló de un barrio de Atenas, ciudad en la que viví desde 1999 hasta 2001, del que yo no había siquiera escuchado hablar, llamado Mets (ni siquiera el nombre me sonaba). También hablamos de Kostas E. Tsirópulos (1930-2017), poeta, traductor, ensayista, editor, hispanista. Espero que en poco tiempo pueda hablar de un proyecto relacionado con su obra.

Una vez concluida la comida, nos dirigimos al CAL para asistir a la primera de las tres actividades programadas del VIII Encuentro Profesional de Edición y Traducción (organizado por ACE Traductores, la Universidad de Málaga y el Centro Andaluz de las Letras) del que el Máster de Traducción de la Universidad de Málaga es organizador. Un nutrido grupo de estudiantes del máster se dio cita como público.

La primera actividad fue una charla de los dos traductores de la novela La constelación del perro (Blackie Books, 2014), de Peter Heller, que optó a un importante premio de traducción, el Esther Benítez (fue una de las cinco finalistas). Blanca Rodríguez y Marc Jiménez Buzzi dieron una charla de lo más interesante sobre diversos aspectos de su traducción, con ejemplos textuales que otorgaban una dimensión poco común a una charla relacionada con un libro, por cuanto que no se suele hablar de estos aspectos en las presentaciones. Los asistentes pudimos enterarnos de las diversas dificultades a las que se tuvieron que enfrentar (explicadas amena y detalladamente), que no fueron pocas, y cotejar fragmentos del original y de la traducción. Tuvimos además la oportunidad de escuchar a Heller leer fragmentos de su libro en el original inglés.

El siguiente acto fue una mesa redonda que aunaba en la tarima a tres editores: Jacobo Gómez (Miguel Gómez Ediciones), Daniel Álvarez Prendes (Hoja de Lata Editorial) y Antonio Ruiz (Ginger Ape Books&Films), moderada por la traductora Silvia Moreno Parrado. Poco antes de comenzar, tuve el placer de conocer por fin al editor de mi Kazantzakis, Antonio Ruiz, al que por fin pude tutear después de estar tratándole de usted durante varios años por correo electrónico. Es curioso, no sé si se trata de un reflejo de mi trato con escritores griegos (a quienes trato de usted incluso siendo de mi edad o más jóvenes), pero soy incapaz, la mayoría de las veces, de tutear a alguien por correo electrónico si no me da permiso para hacerlo. Los editores hablaron de las dificultades de su oficio, de los comienzos y de sus diversos proyectos. Luego hubo unos animados corrillos con las estudiantes del máster, que pudieron informarse del modo en que se puede hacer llegar proyectos de traducción a los editores.

Y por fin llegamos a la presentación de mi Kazantzakis. Sí, mío, la intimidad entre el cretense y yo llegó a unos límites insospechados, físicos. Los neologismos tienen la culpa, consumieron una cantidad de energía indecente. Pero llegaremos a eso en un ratito. Antes, Vicente me dio una sorpresa agradabilísima. El 25 de abril había publicado un texto en mi blog intitulado «Por qué traduje a James Joyce», que había escrito unos días antes. Vicente, al comienzo de su intervención, leyó algunos fragmentos del texto, recuerdos de mi adolescencia estival en Dublín y cómo dicho período de mi vida condujo, o no, quién sabe, a mi traducción Escritos breves (Ediciones Escalera, 2012), tres textos en prosa del escritor irlandés. Tras pasar treinta años en el recuerdo, la escucha de un poema de Stephen James Smith, «My Ireland» (que conocí gracias al poeta griego Yannis Dukas), durante una tarde en el instituto donde trabajaba (durante mucho rato al borde de las lágrimas mientras iba desgranando todos esos recuerdos que me condujeron, o no, a Joyce), desencadenó ese texto; al comienzo de mi presentación, comenté que quizá pasen otros quince años (hace quince que no voy a Grecia) antes de que sea capaz de escribir algo parecido sobre mi relación con la literatura griega moderna. Pero esa es otra historia.

Siempre que hablo de Kazantzakis y la fortuna de su obra en nuestro idioma me gusta mencionar el hecho de que hace muy poco tiempo que su obra se está traduciendo directamente del griego moderno. Y también me gusta mencionar a los colegas traductores que se han ocupado de ello. Hasta hace diez años, la obra de Kazantzakis había sido traducida, en España, a partir de traducciones francesas (con contadas excepciones). En Latinoamérica está el predecesor de todos nosotros, el helenista chileno Miguel Castillo Didier, que tradujo (entre otras muchas) una de las obras más importantes del cretense, La Odisea (su continuación del poema homérico, estructurada en 33.333 versos de diecisiete sílabas).

Afortunadamente, eso ha cambiado y ya disponemos de rigurosas traducciones directas del griego (Zorba el griego: vida y andanzas de Alexis Zorba, de Selma Ancira; Lirio y serpiente, de Pedro Olalla; El capitán Mijalis, La última tentación e Informe al Greco, de Carmen Vilela Gallego). La predecesora en nuestro país de todas estas traducciones es España y ¡Viva la Muerte!, de la escritora mexicana Guadalupe Flores Liera. Se trata de uno de sus libros de viajes, en esta ocasión a España durante la Guerra Civil. En Argentina se publicó en 2014 una traducción directa del griego, hecha por Marta Silvia Dios Sanz, de una de sus novelas, El pobre de Asís.

La cronología que escribió el traductor Peter Bien (que ha vertido al inglés libros del cretense) me sirvió para dar a conocer aspectos de la azarosa vida de Kazantzakis: su complicada infancia en Creta (cuando nació, en 1883, los turcos todavía dominaban la isla), sus estudios, su compleja relación con la lengua griega, sus estudios en París (fuente de Almas rotas), su pasión por la poesía y el teatro, sus bandazos políticos e ideológicos, sus viajes, sus penalidades durante varias guerras, sus comienzos tardíos en la narrativa (pasaron 38 años entre su primera novela, Almas rotas, y la segunda, Zorba), sus problemas con las autoridades políticas y religiosas griegas, el ingreso de varios de sus libros en el ínclito Index, las peripecias del Nobel no obtenido, el exilio final (once años) y la última peripecia, el entierro clandestino (un sacerdote del ejército griego, aprovechando un toque de queda, lo enterró de manera clandestina, lo cual le supuso unos meses de arresto).

Los neologismos: como he comentado en otras ocasiones, tanto Antonio Ruiz, el editor, como yo llegamos a la conclusión (creo recordar que él, antes que yo, lo verbalizó, aunque se me había pasado por la cabeza) de que era esencial que presentara como anexo un catálogo de neologismos. La necesidad resultó en once páginas de neologismos con las dos palabras que conforman cada uno de ellos, en orden alfabético. El catálogo viene precedido de un breve texto introductorio en el que explico de dónde proviene dicha necesidad: un ensayo del poeta y traductor Bel Atreides en el que mencionaba los neologismos de Agustín García Calvo que reprodujeron los epítetos homéricos en su traducción de la Ilíada, un trujamán que escribí sobre el tratamiento que da Kimon Friar a los neologismos en su traducción al inglés del poema épico kazantzakiano Η Οδύσσεια.

Como no hubo espacio para incluir la referencia en uno de los anexos del libro, me pareció esencial mencionar en mi presentación la génesis del neologismo «Sinsajo», obra de la traductora Pilar Ramírez Tello, como paradigma de la habilidad para introducir en lo inconsciente colectivo una palabra sobre cuyo origen casi ningún lector de Los juegos del hambre, me temo, habrá pensado (ojalá me equivoque, porque el proceso de creación del neologismo es bellísimo y sería una pena que se lo perdiesen).

Hablando de anexos, el otro de mi cosecha fue un fragmento de la Historia de la literatura rusa de Kazantzakis, obra que publicó en 1930, en dos tomos. El motivo de la inclusión fue, más que la evidente conexión entre el título de la novela de Kazantzakis, Almas rotas, y Las almas muertas (la traducción más reciente es de Marta Rebón), de Nikolái Gógol, la similitud entre algunos aspectos de la vida de Gógol y uno de los personajes de la novela de Kazantzakis. El fragmento traducido trata de los últimos años de la vida del escritor ruso.

Otro aspecto que mencioné en la presentación fue el de las conversaciones con Ioanna Viskitsí-Vent (profesora de la Universidad de Atenas, que ha escrito extensiva y exhaustivamente sobre la obra del cretense), Yannis Livadás (poeta, ensayista, traductor) y Yannis Yfantís (poeta) sobre el vocabulario cretense que utilizó Kazantzakis en su novela. Conversaciones en griego, por Facebook, de lo más fructíferas.

Acabé la presentación casi sin voz, debido a un «pasmazo» importante. Una de las personas a la que siempre me alegro mucho de ver cuando voy a Málaga es Ioanna Nicolaidou, traductora y profesora de la Universidad de Málaga. Editó, por mencionar uno de sus trabajos, la trilogía novelística Ciudades a la deriva (Cátedra Universal), del escritor griego Stratís Tsircas (1911-1980). Nicolaidou (que además escribió la introducción), Vicente Fernández González, María López Villalba y Leandro García Ramírez la tradujeron a ocho manos. Además, es editora del volumen Traducir al otro, traducir a Grecia (Miguel Gómez Editores, 2000). Pues bien, Ioanna hizo varios comentarios sobre la presentación, sobre su experiencia como lectora de Kazantzakis y me hizo una pregunta muy pertinente: «¿Crees que tu experiencia como traductor de poesía te pudo venir bien para esta primera traducción novelística tuya, teniendo en cuenta el contenido lírico de la novela de Kazantzakis?». Creo que ese contenido lírico fue un regalo para mí como traductor, como lo es toda la prosa de Kazantzakis que, como he expresado en otras ocasiones, me otorga una felicidad suprema. Puede que esta experiencia con la traducción de poesía me haya preparado para esta primera novela traducida, aunque la casualidad ha querido que este contenido lírico esté en esta primera traducción novelística.

Acabada la presentación, otra vez la comida hizo su irrupción. Nos fuimos de tapas a un restaurante italiano (dos conceptos que hasta ahora no había asociado). Allí, comida y conversaciones deliciosas. Especialmente recuerdo el interés con el que escuché a Marc Jiménez Buzzi hablándome de literatura catalana, de Galdós y de Umbral y las conversaciones con algunos de los compañeros traductores (Silvia Moreno, Juan Pascual) y de los estudiantes del máster.

Me retiré temprano, porque tenía que coger el vuelo de las seis de la mañana del día siguiente, sábado 6 de mayo, día de mi cuadragésimo quinto cumpleaños, sin haber pasado, como en la otra ocasión, siquiera veinte horas en la ciudad de Málaga.

 

 

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