POR QUÉ TRADUJE A JAMES JOYCE

En el fondo, creo que traduje a Joyce porque estuve cinco veces, durante mi adolescencia (en julio), en Dublín, en el barrio de Rathfarnham, con la familia Brennan (sí, los propietarios de la fábrica de pan, que no me quisieron al año siguiente porque les rompí un televisor con el agua que se filtró desde el piso superior) y la familia Fitzgerald, Mary y sus cinco hijos (mi madre irlandesa, amabilísima, siempre pendiente de sus hijos, yo incluido; su hija mayor se llamaba Monita, sus hermanos sabían el significado del nombre en español y se reían de ella, pero siempre me pareció un nombre precioso), con el padre siempre ausente; porque anduvimos buscando la casa de los componentes de U2 y al final encontramos la del grandísimo ciclista Stephen Roche; porque allí vi cómo ganaron Pedro Delgado y Miguel Indurain sus primeros Tours de Francia; porque fuimos a un festival donde se rumoreaba que aparecería U2 o Sinéad O’Connor y al final cantaron los grandes, grandísimos, más grandes que los anteriores, The Dubliners; porque allí descubrí a los Hothouse Flowers (y los preciosos nombres irlandeses de algunos de sus componentes: Liam Ó Maonlaí y Fiachna Ó Braonáin); porque fuimos al RDS a ver a The Cure con todos los punkies de Irlanda metidos allí dentro (o esa fue la impresión de un adolescente tinerfeño de diecisiete años), pero con espacio suficiente para ver hasta los pelos de la nariz de Robert Smith (la gloriosa gira del disco “Disintegration”, que todavía conservo); porque íbamos a Dundrum a jugar a los bolos y a comprar discos (todavía conservo el “1987”, de Whitesnake); porque a todos los chicos nos pedían nuestros progenitores que les llevásemos salmón ahumado, porque en Tenerife no había; porque fuimos a Glendalough y hasta los mosquitos eran maravillosos y ahora me doy cuenta de que “lough”, o “loch”, es irlandés y que íbamos a un lago sin saberlo; porque lo único que aprendí a decir en irlandés fue “tá grá agam duit”; porque recuerdo el sándwich del “lunch” y las pequeñas pizzas congeladas (que adoraba) y el hambre que pasaba hasta que llegaba la cena de las 18.00 horas; porque en la tienda Virgin, algo extraterrestre para un adolescente de Tenerife en 1987, compré dos vídeos de Iron Maiden (“Live after Death”) y de AC/DC (“Let there be rock”), mis dos primeros amores musicales; porque recorrimos el Phoenix Park sin rumbo; porque descubrí el McDonald’s y el Kentucky Fried Chicken (y me siguen gustando, soy un hereje gastronómico); porque fuimos a un jardín japonés y me senté sobre una roca que junto a otras formaban un pequeño sendero sobre un arroyo, en la posición de loto (con mi pelo largo y mis ojos alucinados, seguramente por algún efecto fotográfico involuntario); porque todavía odio “Lady in Red”, de Chris de Burgh, bailes lentos de frustración adolescente; porque bebí pintas de cerveza negra con manises dentro (creo que la costumbre era meter uno, pero yo los metía a puñados, me encantan); porque pasé por el Trinity College y nunca entré (sí, qué pasa, en vez del Book of Kells me interesaba el baloncesto, qué le voy a hacer); porque me compraba cada año una dormilona negra como la que llevaba Bono en el disco The Joshua Tree, porque me empecé a dejar el pelo largo por Bono; porque quería comprarme una mandolina y aprender a tocarla; porque recuerdo la parada de guaguas de St Stephen’s Green; porque recuerdo que a un amigo le compraron una entrada para un concierto de U2, de la gira de The Joshua Tree, y los demás nos preguntábamos por qué a nosotros no; porque nos citábamos para el seis de julio del año siguiente con un amigo de Valencia en una cancha de baloncesto en la que pasábamos horas; porque jugábamos a baloncesto contra otros colegios españoles en Dublín como si nos fuera la vida en ello; porque un amigo, Gonzalo, me dijo una vez: “eres muy buena persona, pero cuando juegas a baloncesto te conviertes en un cabrón”; porque en las fiestas de los miércoles bailábamos hasta que, cuando cortaban la música, nos reuníamos los canarios en corro para cantar: “Me gusta la bandera, me gusta la bandera, oh, mamá, bandera tricolor, con siete estrellas verdes, con siete estrellas verdes, oh, mamá bandera tricolor”, y yo me ponía a bailar en medio de todos; porque hicimos amigos irlandeses, James, Eamon, Connor, con los que conocimos aspectos de la Irlanda real; porque nuestro amigo James tuvo que hacerse el borracho en un campo de hierba, cuando estaba con nosotros, porque vinieron a hablarnos unos muchachos que estaban buscándole para pegarle; porque nuestros amigos irlandeses bebían y fumaban como cosacos y luego tenían un fondo físico envidiable cuando jugaban al fútbol con nosotros; porque tuvimos una profesora adorable que tocaba el arpa para nosotros y con la que no siempre fuimos buenos; porque uno de los profesores, jugador de hurling, nos pidió elegir una canción para que nos aprendiéramos la letra en clase y yo elegí “The Sweetest Thing”, de U2, y me dijo que era una canción afeminada (que sigo adorando); porque había hierba por todas partes, porque cada vez que voy a la Biblioteca de Guajara de la ULL me huele a Irlanda, y en esa biblioteca descubrí “Poems and Shorter Writings”, de James Joyce (“Shorter Writings” se convirtió en “Escritos breves”, sin un segundo término de comparación, ya me habría gustado traducir también los poemas); porque unos amigos se fueron a las Aran Islands y me dejaron tirado; porque cogíamos la guagua 48A, porque un cobrador iba sitio por sitio para que pagáramos; porque años más tarde le pedí a mis padres que me compraran “Ulises”, de James Joyce, traducido por José Salas Subirats y porque, después de ochenta páginas de absoluta incomprensión, tuve que dejar de leerla y buscar una cura de comprensión en Rabindranath Tagore (no recuerdo el traductor); porque en 2005 leí, durante muchos meses (con una interrupción de tres días para leer “El código Da Vinci”, porque no se puede hablar de un libro sin leerlo, tras los cuales pude decir que era y es una bazofia), “Ulysses”, libro cuya lectura terminé en 2005, el día que concluyó una enorme tormenta que pasó por Tenerife. Y es por eso, creo yo, entre otras cosas y sin dar más importancia a unas que a otras (y sobre todas ellas el sacrificio que hicieron mis padres para que pudiese ir), por lo que traduje “Escritos breves”, de James Joyce.

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