VEINTE HORAS EN MÁLAGA

 

Hace dos meses tuve la suerte de, por fin, y tras mucha incertidumbre, poder salir de Canarias, después de tres años. Vicente Fernández González me invitó a unas jornadas de traducción de poesía griega contemporánea, “Buenos tiempos para la lírica”. Me vi de repente incluido en un grupo de grandes traductores de esta lengua: Vicente, Selma Ancira, Juan Manuel Macías, María López Villalba y Juan José Tejero. La incertidumbre llegó a tal punto que una semana y media antes había confirmado que no podría asistir por motivos laborales. Pero Vicente insistió y gracias tanto a él como a María Jesús Bernet, del Centro Cultural Generación del 27 de Málaga, pude asistir como ponente a dichas jornadas.

Mi vuelo salió a las 20.45 de la tarde noche de Tenerife Norte. Llegué casi a las doce de la noche, hora de Málaga. Hacía diez años que no pisaba Andalucía (para mí, Andalucía es sobre todo Jaén, por razones familiares). En el hotel Molina Lario me esperaban Vicente, Juan Manuel y Juan José. Como llegaba con hambre (y escribiré tanto de poesía/traducción como de gastronomía), me vi en la obligación de comer algo (un enorme sándwich servido por un amabilísimo camarero del Puerto de la Cruz, que trabaja en el hotel) mientras por fin pude dejar la virtualidad de la red y conversar cara a cara con quienes comparto un enorme amor por la literatura y la lengua griegas. Entre bocado y bocado pude intercambiar las primeras impresiones con ellos. Mientras devoraba la comida les escuchaba departir sobre Kavafis.

Intercambiamos libros: yo les regalé ejemplares de traducciones mías: dos de La sombra de Sirio, de W.S. Merwin, y uno de Escritos breves, de James Joyce (me falta enviar traducciones a María López Villalba y a Selma Ancira). Yo me llevé Cantigas y cárceles, un precioso libro de poemas de Juan Manuel, con una escritura poética totalmente distinta, a mi parecer, a la de su siguiente libro de poemas, Tránsito (músicas antiguas hábil y bellamente actualizadas y una moderna música expansiva); traducciones de un libro de Kikí Dimulá, La pasión de la lluvia, y de Epitafio, de Yannis Ritsos. Juan José editó el de Dimulá en su colección Romiosyne, de la editorial Point de Lunettes, traducido por el grupo Πέμπτη στις πέντε; el mismo Juan José tradujo el de Ritsos, a partir de cuya versión el poeta Manuel García llevó a cabo una versión en romance (publicadas ambas versiones en un mismo volumen por el Servicio de Publicaciones de la Diputación Provincial de Huelva); y una edición de Vicente de traducciones de poemas de Kavafis al catalán y al castellano, Málaga Cavafis Barcelona (publicada por la Fundación Málaga el año pasado, con textos del mismo Vicente, de Francesc Parcerisas, de Luis Alberto de Cuenca y de Juvenal Soto, traducido éste último al catalán por Joaquim Gestí; y con ilustraciones de Eleni Calokiri, Rafael Pérez Estrada, Rogelio López Cuenca y Lorenzo Saval), donde por fin pude leer algunas de las traducciones de Carles Riba al catalán, dificilísimas de encontrar (100 euros me pidieron en Barcelona hace unos años por una edición de estas traducciones), además de otras traducciones de Joan Ferrater, Ramón Irigoyen, C. Miralles, Elena Vidal/José Ángel Valente, Luis Alberto de Cuenca, Alfonso Silván, Miguel Castillo Didier, A. Pothitou/R. Herrera, F. Rivera, Luis de Cañigral, Pedro Bádenas de la Peña, A. Avellà Mestre/B. Garcés i Ferrà, E. Ayensa i Prat, C. Cantú, Nina Anghelidis, Lázaro Santana). A las dos y pico de la mañana, subí a la habitación.

Por la mañana bajé a desayunar, encontrándome con un jamón serrano espectacular, unos huevos revueltos igualmente deliciosos y esa pasta de tomate y aceite que siempre me recuerda a las tostadas jiennenses que llevo toda la vida comiendo, pasta que unté sobre enormes rebanadas de pan de molde tostado.

La terraza del hotel, a la que pasé después de un ratito de estar desayunando, es tremendamente acogedora, con un pedazo de cielo malagueño por donde pasaban fulgurantes aves que no logré identificar. Vicente se unió a la conversación que manteníamos Juan Manuel, Juanjo y su familia y yo. Y se incorporó también Selma Ancira, a quien conocía por sus traducciones admirables de los poemas dramáticos de Ritsos y por su traducción de Confesiones, de Marina Tsvietáieva, un trabajo extraordinario, y a quien por fin pude conocer personalmente.

Después de un buen rato de conversación, nos dirigimos hacia la Imprenta Sur, la visita que Vicente nos había preparado para la mañana. Tras un paseo por el centro de Málaga, muy bello y bullicioso, llegamos al edificio donde se aloja la Imprenta Sur, donde nos esperaba el poeta José Antonio Mesa Toré, que nos guió por las entrañas de un lugar mítico. Fue la editorial que publicó a los grandes de la Generación del 27. Dirigida por Manuel Altolaguirre y Emilio Prados, sobrevivió a la dictadura franquista con otro nombre y recuperó el original tras la muerte del dictador. Mesa Toré nos contó algunas historias interantísimas relacionadas con la imprenta, como el angélico Emilio Prados que logró cortar una mosca en dos con unas tijeras, durante un caluroso verano, o la petición a todas luces inusual por metafórica de uno de los grandes nombres de la imprenta, Bernabé Fernández Canivell (“Impresor del Paraíso”, como reza en un cartel con su foto, al fondo del taller), a sus trabajadores: quería un color “oro ennoblecido por el tiempo”.

Mesa Toré nos invitó a firmar en el libro de visitas. En mi caso, me quedé tan obnubilado por el olor, la belleza y la historia del lugar que sólo se me ocurrió escribir “Δεν έχω λόγια” (“No tengo palabras”). Pero Selma Ancira dio con una solución mejor, que firmaríamos todos: “Δεν έχουμε λόγια”, (“No tenemos palabras”).

Llegó la hora de comer. La primera opción era la de comer pescaíto frito cerca del mar. Pero nos dieron la opción de un restaurante sirio frecuentado por profesores de la Universidad de Málaga. Se trata de “Re-pitta”, en la Plaza de la Merced. Dimos un paseo hasta el restaurante y, antes de entrar, nos encontramos con un profesor de la universidad, del departamento de inglés, él mismo traductor. Tenía en la mesa, Selma se dio cuenta enseguida, la nueva traducción de Marta Rebón: Gente, años, vida (Memorias 1891-1967), de Iliá Ehrenburg. Tras departir brevemente con él (y darnos cuenta de que la traducción estaba por todas partes ese día), nos sentamos a la mesa, en una esquina cerca de la entrada. El restaurante es enormemente acogedor. Nos recibieron con mucha amabilidad el dueño y su hijo, que creció en España. La comida, una delicia: tabule, ensalada de alcachofas y un cuscús de cordero (con ese caldo maravilloso que se echa por encima), además de unos postres típicos, compartido por griegos y los países de Oriente Próximo: yo comí jalvás, una especie de turrón muy suave. Estuvimos un buen rato después de la comida departiendo, hasta que llegó el momento de preparar mi intervención.

Quedamos María López Villalba y yo para hablar. María es una profesora y traductora del griego que ha vertido a nuestra lengua a autores realmente interesantes de la lengua griega (ha traducido a María Lainá y a Zanasis Valtinós, además de Adicción a la nicotina y otras obsesiones, 18 relatos griegos, entre otras obras). Vicente Fernández González, Leandro García Ramírez y Ioanna Nicolaidou y López Villalba ganaron en 2012 el Premio Nacional de Traducción de Grecia, en la modalidad de mejor traducción del griego a una lengua extranjera, por la versión castellana de la trilogía novelística Ciudades a la deriva (Madrid, Cátedra, 2011), del novelista y ensayista (experto en Kavafis, al que llegó a conocer) Stratís Tsircas (1911-1980). Hace años que leí la traducción de María Nueve maneras de mirar al cielo (textos de Dinos Jristianópulos, Nikos Engonópulos, Manolis Anagnostakis, Dímitra Jristodulu, Dimitris Kalokiris, Nikos Kavadías, María Lainá, Kostas Mavrudís y Nasos Vayenás), que sigue en los anaqueles de la Biblioteca de Guajara de la Universidad de La Laguna, en aquel rincón neo-helénico donde he pasado horas hojeando libros y eligiendo algunos para luego traducirlos (Tsatsu, Tsirópulos). María propuso que pusiéramos en práctica el formato de diálogo. Ella me haría una serie de preguntas que servirían para que yo pudiese extenderme sobre mi actividad como neohelenista/traductor. Hablamos mientras tomábamos unos cafés sobre mi actividad, sobre mi interés en los nuevos poetas griegos, jóvenes y no tanto, que son la base de mi proyecto de traducción de una antología de poesía griega, con poetas que nacieron entre los años cuarenta y los noventa del siglo pasado; también sobre mi exigua obra poética, brevemente.

Y llegó el momento de mi intervención, a las 18.00. Me traje un montón de libros, que no me daría tiempo a utilizar (incluso había pasado, una hora antes de embarcar hacia Málaga, por la Biblioteca de Guajara a buscar un libro de Ioanna Tsatsu, del que había traducido hace años unos poemas). Ante mí, al lado de mi ordenador, desplegué libros de Tsatsu, Tsirópulos (Música y Misterio, dos que me prestó Vicente, de los que tampoco me daría tiempo a leer extractos), Yfantís, Tajtsís, Niarakis, Livadás,… Todos poetas y prosistas de cuya obra he traducido y de la que traduciré.

Hablé más en profundidad sobre los dos libros que he traducido del griego: Rastreadores del fin, de N.G. Lykomitros, y Poemas-Ποιήματα, de Eleni Nanopulu. Recibí el libro de Lykomitros (un buen amigo del tiempo de mi primera estancia en Grecia como estudiante Erasmus, en 1998) en 2010. Mi primera traducción del griego fue de tres poemas que luego entrarían a formar parte del libro de Lykomitros y cuando lo recibí ya pensé en traducirlo inmediatamente, trabajo que duró unos meses hasta que se convirtió en mi primer libro traducido, en 2011. En el prólogo que escribí para esta traducción incluí fragmentos de traducciones de textos de Karyotakis (un fragmento de la sorprendente nota de suicidio de Karyotakis, en relación con una secuencia de poemas en prosa de Lykomitros, en forma de notas de suicidio) y de Kostas Tajtsís (unos versos de “Qué dijo una noche de lluvia un muerto de la II Guerra Mundial”, uno de los poemas de su libro Café Bizancio, que tengo a medio traducir).

El libro de Nanopulu es otra historia: fue una sorpresa que preparó Vasilis Laliotis, poeta y traductor del español, que publicó en versión bilingüe una pequeña selección de poemas de Nanopulu que yo había publicado en Kokoro (gracias a la poeta y editora Laia López Manrique). Mi primer libro publicado en Grecia, una breve selección de sus dos primeros poemarios:  Holograma (Atenas, Dromon, 2009) y La memoria de desnudos vocablos (Atenas, Dromon, 2011). Acaba de publicar su tercer libro de poemas, Inquebrantable nudo de sueños. Mi traducción se puede leer aquí: http://revistakokoro.com/EleniNanopulu.html

María mencionó brevemente mi actividad como traductor del inglés y también hablamos de mi obra poética y de cómo se había visto casi anulada por mi trabajo como traductor. Mencioné un fragmento de uno de mis artículos sobre traducción publicados en la revista El Trujamán (Un original con máscara de traduccion) para explicar esta influencia o anulación: “La única manera que tengo ahora mismo de poder terminar ese segundo libro que estoy escribiendo es considerar todo ese material como una traducción que estoy revisando”.

Y una hora después de acabar mi intervención ya estaba en el AVE que me llevaría a Madrid para tomar un vuelo, a la mañana siguiente, a Tenerife, donde empezaría a trabajar como profesor de inglés dos horas después de aterrizar.

 

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