LORD BYRON Y VENEZUELA: UNA CARTA

Traducción y nota preliminar: Mario Domínguez Parra

Me gustaría publicar durante este año algunas de mis traducciones de la obra de Byron, tanto de cartas como de poemas (los más breves que el poeta incluyó en Hours of Idleness y Hebrew Melodies). No es la primera carta del poeta inglés que traduzco, pero decidí publicar esta misiva primero por lo curioso de su contenido. Nada sabía yo de este proyecto que habría cambiado radicalmente la vida y la obra de Byron, si hubiese conseguido llevarlo a buen puerto.

En la edición del epistolario (una selección) de Byron que manejo para esta traducción (edited and selected by R.G. Howarth, introduction by Andre Maurois, Everyman’s Library, 1966, pp. 232-233) me he encontrado con pequeñas joyas. No es la de la portada que incluyo aquí, pero ésta me lleva a la traducción que Eduardo Mendoza llevó a cabo a partir de la selección que hizo Jaime Gil de Biedma:

142. A JOHN CAM HOBHOUSE

Venecia, 3 de octubre de 1819

QUERIDO HOBHOUSE,

Escribí a Murray la semana pasada, rogándole que te tranquilizara con respecto a mi salud y mi cordura, hasta donde sé, por ahora. En Bolonia estuve de mal humor, a causa tanto de mi salud como de mi ánimo. Aquí, por fin, mi salud es buena.

Mi proyecto sudamericano, del que creo que te hablé (puesto que lo mencionas) era éste. Por los párrafos incluidos[1] me di cuenta de que se harán ofertas ventajosas a los colonos del territorio venezolano. Mis asuntos en Inglaterra están casi finiquitados o en camino de estarlo; en Italia no tengo deudas y podría marcharme cuando quisiese. Los angloamericanos son demasiado burdos para mí y su clima demasiado frío, y preferiría a los otros. Podría pronto lidiar con la lengua española. Ellice[2] u otros podrían darme cartas de recomendación para Bolívar y su gobierno y, si allí se alienta a hombres de pocas posesiones, o de ninguna, seguramente con mis ingresos actuales y –si pudiese vender Rochdale[3]– con algún capital podrían soportarme allí como terrateniente, o al menos como arrendatario, y si es posible y legal, como ciudadano. Ojalá pudieses hablar con Perry, del M[orning] C[hronicle] –que es su gacetero– sobre el tema, y pedirle no dieciocho peniques, como Jeremy Diddler[4], sino información sobre el tema. Te aseguro que me he tomado muy en serio esta idea y que la intención me ha rondado la cabeza durante mucho tiempo, como verás por el raído estado del anuncio.

Debería ir allí con mi hija natural, Allegra –que ahora tiene casi tres años y está conmigo–, y sentar la cabeza de una vez por todas.

No estoy cansado de Italia, pero aquí un hombre tiene que ser chichisbeo[5], cantante en duetos y conocedor de la ópera –o nada–. He hecho algunos progresos en estos logros, pero no puedo decir que no sienta la degradación. Mejor ser un plantador inepto, un colono incómodo; mejor ser cazador o cualquier cosa que adulador de violinistas y portador de los abanicos de una mujer. Me gustan las mujeres –bien lo sabe Dios– pero cuanto más se manifiesta su sistema aquí, ante mí, peor me parece, después de Turquía también; aquí la poligamia está totalmente del lado femenino. He sido intrigante, marido, proxeneta y ahora soy Cavalier Servente, ¡por Dios bendito! Es una extraña sensación. Tras haber pertenecido, por mi cuenta y por cuenta de otros países, a las partes intrigantes, casadas y vigilantes de la ciudad –sin lugar a dudas, un acuerdo honesto es lo mejor, y también lo he tenido y lo tengo–, aquéllos esperan que sea de por vida, por tanto, me imagino que excluyen la longevidad. Pero seamos serios, si es posible.

No debes hablarme de Inglaterra, eso está fuera de discusión. Allí tenía casa y tierras, mujer e hija, y nombre –antaño–, pero todas estas cosas se han transmutado o han sido confiscadas. De los últimos, y mejores, diez años de mi vida, casi seis los he pasado fuera. No siento amor por mi tierra después del trato que recibí antes de dejarla por última vez, pero no la odio lo suficiente como para desear tomar parte en sus calamidades, puesto que en ambos bandos se debe causar daño antes de que el bien pueda acumularse; las revoluciones no se van a hacer con agua de rosas. Mi gusto por las revoluciones ha amainado, junto con mis otras pasiones.

Sin embargo, quiero un país, y un hogar y –si es posible– que sea libre. No tengo todavía treinta y dos años. Todavía podría ser un ciudadano decente y encontrar una casa y una familia tan buena como –o mejor que– la anterior. Podría en todo caso mantenerme ocupado de manera racional, mis esperanzas no son altas ni mi ambición vasta, y cuando decenas de miles de mis compatriotas se dedican a colonizar (como los griegos de la antigüedad en Sicilia e Italia) por tantas causas, ¿parece mi idea visionaria o irracional? No hay libertad en Europa –eso es seguro–; es además una porción raída del globo terráqueo. De lo que me alegraría es de tener información sobre el incentivo, los medios requeridos y lo que se consiente; y sobre cuál sería mi posible recibimiento. Perry, Ellice o muchos mercaderes podrían darte información al respecto para mí. No iré allí de viaje, sino a fijar mi residencia. No te rías de mí; lo harás, pero te aseguro que hablo muy en serio si la cosa fuese realista. No quiero tener nada que ver con proyectos bélicos, sino que quiero ir allí como colono y si es como ciudadano mejor que mejor; mi propio gobierno no me denegaría, creo yo, el permiso, si saben lo que les conviene; los tipos como yo no son un desiderátum para Sidmouth[6] por ahora, creo. Escríbeme a Venecia. Debería por supuesto desplazarme a Liverpool o a alguna ciudad de tu costa para conseguir el pasaje y recibir mis credenciales. Créeme,

                                                                                                                Siempre tuyo,
                                                                                                                                          BYRON.

[1] Recortes de periódico (nota del editor).

[2] Se refiere a Edward Ellice (1783-1863), un comerciante y político británico (nota del traductor).

[3] Uno de los títulos nobiliarios de Byron era el de barón de Rochdale (nota del traductor).

[4] En Raising the Wind, de Kenney (hasta aquí, la nota del editor). Jeremy Diddler es un personaje de Al alzarse el viento, una farsa en dos actos del dramaturgo británico James Kenney (1780-1849), de 1803, que tuvo mucho éxito. Se llama así a cualquier persona que constantemente pide dinero prestado con trucos. VidThe Free Dictionary (nota del traductor).

[5] Byron se refiere al acompañante o amante de una mujer casada, con frecuencia con el consentimiento del marido. Se dice que Byron fue chichisbeo de la Contessa Teresa Gamba Guiccioli. También llamado «Cavalier Servente». Sobre la incierta etimología de la palabra, vid Oxford English Dictionary (nota del traductor).

[6] Henry Addington, vizconde de Sidmouth, era Ministro del Interior (nota del editor).

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