NIKOS KAZANTZAKIS – FRAGMENTO DE “LA ÚLTIMA TENTACIÓN” (I)

Traducción: Mario Domínguez Parra

La Magdalena, echada boca arriba sobre el catre, totalmente desnuda, cubierta de sudor, con su pelo negro como ala de cuervo derramado sobre la almohada, con los brazos doblados tras la cabeza, había vuelto el rostro hacia la pared y bostezaba. Estaba agotada por luchar contra los hombres desde el amanecer, su cuerpo olía a andamios y más andamios, su pelo y sus uñas desprendían los olores de todos los pueblos; y sus brazos, cuello y pechos estaban llenos de mordeduras.

El hijo de María bajó la mirada; permanecía en el medio de la habitación y no podía avanzar. La Magdalena, con el rostro contra la pared, inmóvil, esperaba, pero no escuchaba ni un bramido masculino tras de sí, ni un hombre desnudarse, ni una respiración jadeante. Tuvo miedo; volvió de repente el rostro para ver—y sin más soltó un grito, agarró la sábana y se enroscó.

—    ¡Tú! ¡Tú! —gritó y se tapó los labios y los ojos con las palmas de sus manos.

—    María —dijo él—, ¡perdóname!

Ronca, abrumadora, como si hiciese pedazos todas las cuerdas vocales, rompió a reír la Magdalena:

—    María —volvió a decir—, ¡perdóname!

Y entonces ella dio un brinco, se puso de rodillas, atrancada con fuerza en la sábana, y levantó el puño:

— ¿Y por esto me visitaste, muchacho? ¿Por esto te mezclaste con los proxenetas, para burlarte de mí y destruir mi casa? ¿Para hacer que descienda aquí, a mi cálido catre, tu papaíto: Dios? Tardaste, mucho tardaste, muchacho, y a tu Dios no lo quiero; ¡me quemó el corazón!

Hablaba, gemía y bajo la sábana su pecho furioso subía y bajaba.

— Me quemó el corazón… me quemó el corazón… —gimió de nuevo, y dos lágrimas se le saltaron y quedaron suspendidas en sus largas pestañas.

— No blasfemes, María; yo tengo la culpa, no Dios; por eso vine, a pedirte perdón.

Pero la Magdalena estalló:

— Como tu jeta es tu Dios también, los dos sois uno, no os distingo. Cuando alguna noche resulte que piense en él, ¡maldita sea la hora! Mira, así, con tu rostro, avanza sobre mí en la oscuridad; y cuando resulte que (¡maldita la hora!) me tope contigo en mi camino, me parece que de nuevo veré a Dios precipitarse sobre mí.

Al aire elevó un puño:

— Deja a Dios, gritó, vete, que no quiero verte; una sola salida y consuelo para mí: ¡el barro! Sólo hay una sinagoga para mí en la que entrar, rezar y purificarme: ¡el barro!

— María, escúchame, déjame hablar; no te hagas daño a ti misma, por eso vine, hermana, para sacarte del barro. Muchas son mis penas, voy al desierto a purgarlas; muchas son mis penas, pero la más pesada tu desdicha, María.

La Magdalena extendió furiosa sus puntiagudas uñas hacia el inesperado huésped, como si quisiera rasgarle las mejillas.

— ¿Qué desdicha?, —contestó altanera—. ¡Me lo paso bien, muy bien, no tengo necesidad de que su santidad me compadezca! Yo lucho sola, totalmente sola, no pido ayuda ni a personas, ni a demonios, ni a dioses; ¡lucho por salvarme y me salvaré!

— ¿Salvarte de qué? ¿De quién?

— No del barro, cómo te atreves; ¡bendito sea!; en él tengo puestas todas mis esperanzas; es para mí el camino hacia la purificación.

— ¿El barro?

— ¡El barro! ¡La vergüenza, la suciedad, este catre, este mi cuerpo, mordido, deshonrado por toda la saliva y los sudores y la roña del mundo! ¡No me mires así, con tus ojos de muerto de hambre, de oveja, no te acerques, cobarde! ¡No te quiero, me das asco, no me toques! ¡Para olvidar a un hombre, para purificarme, me entregué a todos los hombres!

Νίκος Καζαντζάκης, O τελευταίος πειρασμός,

Αθήνα, Εκδόσεις Καζαντζάκη, 1997, σελίδες 92-94.

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