CLAYTON ESHLEMAN – UNA NOTA SOBRE LA MUERTE DE PAUL CELAN

 
Una nota sobre la muerte de Paul Celan[1]
 
Traducción y notas: Mario Domínguez Parra
 
Cuando vivía en Sherman Oaks, California, en la primavera de 1970, tuve el siguiente sueño: un hombre al que reconocí, Paul Celan, que caminaba hacia la ribera del Sena, en París, se subió sobre una roca que también reconocí como «la piedra Vallejo». Celan permaneció allí un momento—luego saltó al río.
    Cuando mencioné el sueño a alguien, una semana más tarde, más o menos, se me informó que el poeta acababa de ahogarse en el Sena, tras lo que parecía un suicidio.
    La «piedra Vallejo» se refiere a un poema que César Vallejo escribió mientras vivía en París, a mediados de los años treinta. Como muchos de los poemas que Vallejo escribió durante estos años, «Parado en una piedra» registra su aguzada sensibilidad ante el sufrimiento humano. Este poema en particular me parece un posicionamiento contra el suicidio. A principios de los años treinta, Vallejo todavía creía que una revolución mundial inspirada en el Comunismo tendría lugar, pero esta creencia comenzaba a irse a pique, abrumada por el sufrimiento que diariamente hallaba en todas partes.
    El poema sin título de Vallejo se abre con las siguientes dos estrofas:
           
            Idle on a stone,
            unemployed,
            scroungy, horrifying,
            at the bank of the Seine, it comes and goes.
            Conscience then sprouts from the river,
            with petiole and outlines of the greedy tree;
            from the river the city rises and falls, made of
                embraced wolves.
 
            The idle one sees it coming and going,
            monumental, carrying his fasts in his concave
                head,
            on his chest his purest lice
            and below
            his little sound, that of his pelvis,
            silent between two big decisions,
            and below,
            further down,
            a paperscrap, a nail, a match…[2]
           
    Pensamientos del abismo. El cuerpo generacional, ocioso, finaliza en la basura del cieno del Sena.
    Pienso en esta «piedra Vallejo» como en un lugar de exilio donde el lamento se pone a prueba. Trae a colación un pasaje de la décima elegía de Duino de Rilke, que evoca para el siglo veinte la crisis del lamento. Una joven, con la máscara de la Queja, responde a las preguntas de un joven de esta manera:
 
            We were a great clan, once, we Laments. Our fathers
            worked the mines in that mountain range. Sometimes
            you’ll find a polished lump of ancient sorrow among men,
            or petrified rage from the slag of some old volcano.
            Yes, that came from there. We used to be rich.[3]
 
    Al intentar leer mi sueño en la penumbra de las vidas y poesías de Celan y Vallejo, veo que Vallejo, todavía repleto de algunas de las riquezas del lamento, podía tratar las miserias de la humanidad desde su piedra y después alejarse del Sena para escribir otros poemas.
    Para Celan, cuyos padres fueron asesinados en campos de exterminio nazis, el lamento no estaba del todo vacío, pero la absurdidad de alabar cualquier cosa lo distorsionaba tanto que sus llamadas riquezas se habían extenuado. Sospecho que desde un cierto momento no pudo siquiera sentir lástima de sí mismo.
    Desde Sprachgitter (1959)[4] hacia delante, los movimientos de palabras y versos en la poesía de Celan tienen una propulsión fuerte, tortuosa, descendente, como las hebras de una cuerda que se tensa con un peso creciente y auto-destructivo a la vez, a través de la torsión hacia hebras arrojadas hacia la libertad. Como si una absorción central, un remolino, dominara verticalmente la dirección. El lenguaje como restos flotantes, en rápida vorágine. Por ejemplo, (en la traducción que hizo Cid Corman[5] de «La enfermedad de la sílaba», un poema de Die Niemandsrose[6], 1964):  
 
            Forgotten grabbed
            at to-be-forgotten, earthparts, heartparts
            swam,
            sank and swam, Columbus,
            the time-
            less in eye, the mother-
            flower,
            murdered masts and sails. All fares forth,
            free,
            discovering,
            the compass-flower fades, point
            by leafpoint to height and to day, in blacklight
            of wildrudderstreaks. In coffins,
            in urns, canopic jars,
            awoke the little children
            Jasper, Agate, Amethyst—peoples,
            stock and kin, a blind
 
            Let there be
 
            is knotted in
            the serpentheaded free-
            ropes—:[7]
 
Por causa de la influencia que «ciego» ejerce sobre «que sea», la libertad y la autorización se enroscan, y por un momento el «Haz lo que quieras» de Aleister Crowley[8] muestra su rostro deformado por la lujuria. Al expresarlo de esa manera, intento indicar hasta qué extremo la poesía de Celan contiene un pronunciamiento de creación desprovista de significado. Cuando el «Haz lo que quieras» se convierte, como ocurre con Crowley, en la única ley, no hay creación significativa. La chispa de dios es exterminada, uno es nadie, uno dice su oración a la ceniza.
    A otro nivel, los contrarios de Celan eran «Yo» y «Tú», y en su poesía de madurez se hacen insoportablemente íntimos, más íntimos de lo necesario para funcionar; podría decirse que se devoran mutuamente, los vivos se convierten en muertos, los muertos en vivos, y desde semejante devastación se abre una vista grandiosa aunque atroz. La voz de Celan finalmente se consume en un «nosotros» que incluye a los vivos y a los muertos que raspan sobre la piedra un mensaje para «nadie». Bajo la presión de semejante anti-visión, nada se olvida: los recuerdos de los campos de exterminio y los insignificantes desaires tienen cientos de puertas que conducen unas a otras. Es una condición en la que no puede haber poesía y en la que sólo puede haber poesía.  
    Al recordar hoy a Paul Celan, medito sobre la resistencia de su herida. No la dejó fluir en toda su capacidad, ni la cicatrizó brillantemente en el momento preciso. La trabajó como un músculo mientras hubo un resto de fuerza en ella—se arrodilló solo ante su altar, y así no puso otras energías en movimiento que pudieran haberle dado razones para continuar viviendo en el punto en que la herida dejara de doler.
    Luego sólo hubo entumecimiento. Y un gran testimonio poético en el que podemos sentir a Paul Celan y a millones de aniquilados como un único «nosotros» que tú y yo podemos intentar pronunciar.
 
[Los Ángeles, 1975]

[1] Una versión ligeramente distinta de esta nota apareció en Studies in 20th Century Literature, Volume Eight, Number One, fall 1983. Una traducción al francés de Jean-Baptiste Para apareció en rebauts 7, primavera de 2001, París (Nota del texto original). El ensayo original se puede leer aquí. Se publicó en su libro Companion Spider (Wesleyan University Press, 2002).
 
[2] Comienzo del poema «Parado en una piedra», de Poemas humanos: «Parado en una piedra, / desocupado, / astroso, espeluznante, / a la orilla del Sena, va y viene. /  Del río brota entonces la conciencia, / con peciolo y rasguños de árbol ávido: / del río sube y baja la ciudad, hecha de lobos abrazados.  //  El parado la va yendo y viniendo, / monumental, llevando sus ayunos en la cabeza cóncava, / en el pecho sus piojos purísimos / y abajo / su pequeño sonido, el de su pelvis, / callado entre dos grandes decisiones, / y abajo, / más abajo, / un papelito, un clavo, una cerilla…». Vid. César Vallejo, The Complete Poetry, University of California Press, 2007, edited and translated by Clayton Eshleman, Foreword by Mario Vargas Llosa, pp. 46-49.
 
[3] De la traducción de Eustaquio Barjau de Elegías de Duino, Sonetos de Orfeo (Cátedra Universal, 1987): «—Éramos / —dice ella—una Gran Estirpe, en tiempos, nosotras las quejas. Los padres / practicaban la minería, allí, en la gran cordillera; entre los hombres / encontrarás de vez en cuando un trozo de proto-dolor afilado / o, expulsada de viejo volcán, la lava petrificada de la ira. / Sí, esto venía de allí. En otro tiempo fuimos ricas.» (p. 121).
 
[4] Rejas de lenguaje (título que le da el traductor José Luis Reina Palazón, vid. nota 7).
 
[5] Poeta, traductor y ensayista estadounidense, nacido en 1924 y muerto en 2004. Vivió la mitad de su vida en Japón. Tradujo poemas del japonés, del francés, del italiano y del alemán. Editor de la importante revista Origin. Mantuvo, en relación con ella, una importante correspondencia con Charles Olson, Letters for Origin 1950-1956 (ed. Albert Glover, New York, Paragon House, 1988).  
 
[6] La rosa de nadie.
 
[7] De Obras completas de Paul Celan (tr. José Luis Reina Palazón, Madrid, Editorial Trotta, 2004, 4º edición). El traductor español titula el poema «LA PALABRA DOLOR»: «Lo olvidado intentó / agarrar lo por olvidar, continentes, corazones, en partes, / flotaban, / se hundían y flotaban. Colón, / con el cólquico, el in- / temporal, en el ojo, la flor- / madre, / asesinaba mástiles y velas. Todo se largó, // libre, descubridor, la rosa de los vientos dejó de florecer, se / deshojó, un océano / floreció en masa y manifiesto en la luz negra / de las delirantes líneas de fe. En féretros, / urnas, canopes, / despertaron los niños / Jaspe, Ágata, Amatista – pueblos, / tribus y estirpes, un ciego // que sea // se anudó en / el cabo libre / de cabeza de serpiente -:» (pp. 195-196).
 
[8] En su libro Diary of a Drug Fiend, Diario de un fanático de las drogas (London, W. Collins and Sons, 1922; San Diego, The Book Tree, 2004), Aleister Crowley escribió: «Do what thou will shall be the whole of the Law», «Haz lo que quieras será la única Ley».
 
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