GUSTAF SOBIN – SOBRE UN PENDIENTE DE LA EDAD DE BRONCE

Sobin

Traducción y nota bio-bibliográfica: Mario Domínguez Parra

 

Debió de haber ascendido con las otoñales aradas hasta las rodillas y haber sido dejado allí durante el invierno: un minúsculo artefacto en un lance de barro desentrañado. Verde ácido, parecía más bien cristal, en un principio: el labio, digamos, de algún angosto frasquito medieval. Sobre la palma de mi mano, sin embargo, el peso de este azaroso descubrimiento indicaba metal. Indicaba bronce. Fina astilla de no más de dos centímetros de ancho, estaba moldeada en forma de medialuna menguante. Luna, pensé. Sostenía en la palma de mi mano un protohistórico error lunar manufacturado: un trozo de bronce que había sido transformado –durante los primeros siglos, sin duda, de la metalurgia– en un pequeño ornamento colgante.
Se produce un estremecimiento, por supuesto, ante semejantes hallazgos: un instante en que a uno le impresiona el milagro de una casualidad tan pura. ¿Cómo algo tan pequeño, tan poco llamativo, sobrevive no solo a una infinita sucesión de plúmbeas, mecánicas aradas, sino también a tres mil años consecutivos de ignorancia, indiferencia, deriva? Uno no puede más que preguntárselo. Preguntárselo y maravillarse todo lo más ante la complejidad de circunstancias que trajo este diminuto objeto, finalmente, ante la centrada atención de alguien. Tanto océano, seguía yo pensando, por semejante fragmento minúsculo, rescatado.
Mi primera reacción –de simple estupefacción– dio paso, sin embargo, a algo mucho más profundo. Ya que el objeto de mi atención –todavía yacente sobre la palma de mi mano– se volvió, poco a poco, un sujeto. Más que solamente «algo», se reveló como último rasgo distintivo de un «alguien» desaparecido hace ya tiempo, un único vestigio superviviente. Como accesorio, bien podría haber constituido –¿quién sabe?– una parte preciada de la propia imagen de ese «alguien». Bien podría haber sido el adorno por el que ella eligió, en momentos íntimos, reconocerse a sí misma en medio de una existencia ardua. Yo sólo podía especular. ¿Cómo, de hecho, puede cualquiera responder a «alguien» que no es? Voz sin sonido, lenguaje sin palabras, esta gotita lunar, no obstante, rogó ser oída. Yo sólo podía escuchar. Sólo podía asumir, teniendo en cuenta las circunstancias, mi papel de testigo.
¿No somos siempre, en efecto, testigos del artefacto, del sordo discurso de lo inanimado, del asonante mundo del vestigio? ¿No se nos convoca siempre, de hecho, para testificar por aquéllos que no pueden? Porque los muertos, nos damos cuenta, sólo nos tienen a nosotros; por la propensión a la reliquia, sólo el lustre de nuestro homenaje pasajero. En el orden arqueológico de las cosas, ¿no es cierto que los muertos –desde esas pesadas capas, a los que la tierra atraganta– solicitan continuamente nuestra atención? ¿No es en nosotros en quienes continuamente delegan? ¿En quienes invierten verbalmente? ¿En nosotros que vivimos, aunque tan sólo momentáneamente, sobre ese estrato postrero: uno hecho de aire, de viento, de clima intacto?
La imaginé rubia. Imaginé sus rasgos dilatados, sinceros y la longitud más bien sorprendente de su cuerpo, envuelto hasta los tobillos en piel de corzo. Imaginé, también, un cierto peso en su mirada, las pesadas cúpulas de sus párpados. ¿Niños, me preguntaba, fallecidos durante el parto? ¿La prevalencia, en todas partes, de una muerte prematura? ¿El presagio, quizás, de la suya propia? Aquí nadie necesita imaginar lo que ya se ha determinado: la esperanza de vida en la Edad de Bronce era extremadamente baja. La seguí, en ese mismo momento, mientras se volvía. La vi de pie, ahora, de perfil, sus dedos desembrollando su densa mata de melifluo pelo rubio, recogiéndoselo en un moño alto, como solía hacer. Y en ese mismo segundo, lo vi. Lo vi centellear, no de color verde ácido, sino del color del oro. Vi esa pequeña baratija selénica temblar, colgando de su ahora descubierto lóbulo como minúsculo anzuelo en forma de cuchara.
No era más, por supuesto, que imagen, que la imaginaria reconstitución de un objeto extraviado. Sí, tanta imaginería, expresada en los pesos y medidas de un ámbito igualmente evanescente, el del lenguaje mismo. Pero entre ellos, entre las palabras de los vivos y las insinuaciones de los muertos –esto es, entre lo hablado y lo indicado– ¿no se había introducido, de hecho, un centelleo? A presión, incrustado entre dos dominios diferentes, ¿no había escapado un rayo—una emanación pura? ¿No había, sobre la palma de la mano de alguien, llegado a irradiar?

Nota bio-bibliográfica

El poeta, narrador, ensayista y traductor estadounidense Gustaf Sobin (Boston, 1935-Provenza, 2005) escribió los libros de poemas Wind Chrysalid’s Rattle (1980), Caesurae: Midsummer (1981), Celebration of the Sound Through (1982), Ten Sham Haikus (1983), Carnets 1979-1982 (1984), The Earth as Air (1984), Nile (1984), Sicilian Miniatures (1986), Voyaging Portraits (1988), Blown Letters, Driven Alphabets (1994), Breath’s Burials (1995), By the Bias of Sound: Selected Poems (1974-1994) (1995), Towards the Blanched Alphabets (1998), A World of Letters (1998), Articles of Light & Elation (1999), In the Name of the Neither (2002), The Places as Preludes (2005), Collected Poems (que incluye sus «New Poems», 2010).

Escribió además las novelas Venus Blue (1991), Dark Mirrors: A Novel of Provence (1992), The Fly-Truffler (1999) y In Pursuit of a Vanishing Star (2002).

Publicó los libros de ensayo Luminous Debris: Reflecting on Vestige in Provence and Languedoc (al que pertenece este texto, Berkeley, University of California Press, 1999), Aura: Last Essays (2008) y Ladder of Shadows: Reflecting on Medieval Vestige in Provence and Languedoc (2009).

Escribió además un libro infantil, The Tale of the Yellow Triangle (1973).

Tradujo al inglés obras de Henri Michaux (Ideograms in China, New Directions, 2002) y de René Char (The Brittle Age and Returning Upland, Counterpath Press, 2009).

Andrew Joron y Andrew Zawacki, en su introducción a Collected Poems, relatan el descubrimiento que supuso para el joven Sobin la poesía de René Char en 1962, por medio de la traducción que publicó Random House y que editó Jackson Matthews (con una nota publicitaria de William Carlos Williams). Ese descubrimiento animó al poeta de Boston a emigrar a Europa, harto como estaba del utilitarismo comercial y de la Guerra Fría, que también afectaba a las estéticas literarias en los Estados Unidos. Conoció a Char en París por mediación de un amigo común. El poeta francés le animó, como escribió el propio Sobin, a visitar la Provenza y a descubrir de dónde venían esos poemas suyos que tanto admiraba. Sobin volvió por poco tiempo a EE.UU., vendió sus pertenencias y se instaló definitivamente en la Provenza en 1963, donde vivió durante más de cuarenta años. Eligió un pueblo medieval de la región de Vaucluse, Goult. Con ayuda financiera de Char, compró un viejo edificio habilitado como criadero de gusanos de seda y lo restauró para que le sirviera de residencia. Además, construyó una pequeña cabaña que utilizaría como lugar de trabajo. Allí fue donde produjo el grueso de su obra (vid. Gustaf Sobin, Collected Poems, Greenfield-Massachusetts, Talisman House, Publishers, 2010, p. 1).

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2 respuestas a GUSTAF SOBIN – SOBRE UN PENDIENTE DE LA EDAD DE BRONCE

  1. Mario dijo:

    Grande mi hermano, grande.

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